El Reloj del Apocalipsis funciona como una metáfora científica del estado político del mundo. Traducir riesgos complejos en segundos antes de la medianoche permite observar algo que los informes técnicos suelen diluir, la relación directa entre poder tecnológico y fragilidad institucional. La hora la fija un grupo de científicos y expertos en seguridad internacional que analizan armas nucleares, clima, tecnologías emergentes y, de manera central, la capacidad de los sistemas políticos para coordinar respuestas colectivas. El reloj avanza cuando la cooperación se debilita y retrocede cuando la política vuelve a organizar el futuro con reglas compartidas.
A lo largo de su historia, el reloj ha seguido una lógica consistente. Se acercó de forma abrupta durante la Guerra Fría, cuando la carrera nuclear superó cualquier marco de contención. Se alejó tras acuerdos verificables y un esfuerzo consciente por institucionalizar la desconfianza. El punto más lejano llegó con el fin de ese orden bipolar, cuando el mundo apostó por tratados, organismos multilaterales y una idea central, los grandes riesgos requerían soluciones compartidas. El avance reciente responde al desmantelamiento gradual de esa arquitectura.
La posición actual, a 85 segundos de la medianoche, expresa una crisis que va más allá del armamento o del clima. Revela un cambio profundo en la cultura política global. Durante décadas, la globalización funcionó como un sistema imperfecto pero coordinado, con reglas, foros y mecanismos de arbitraje. Hoy, ese entramado se ve cuestionado por corrientes antiglobalización que asocian cooperación con pérdida de soberanía y acuerdos con debilidad. El resultado es una fragmentación creciente en un mundo donde los problemas dejaron de ser fragmentables.
Este giro se acompaña de una crítica sostenida a la democracia liberal. En distintas regiones, el discurso político presenta a las instituciones, los contrapesos y la deliberación como obstáculos para la eficacia. Se privilegia la decisión rápida sobre el consenso informado. Se exaltan liderazgos personalistas que prometen control frente a un entorno incierto. En ese contexto, la ciencia se percibe como opinión, la evidencia como sesgo y la cooperación como concesión. El reloj avanza cuando la política deja de confiar en el conocimiento acumulado y apuesta por narrativas de confrontación.
El debilitamiento de la democracia también impacta la gestión del riesgo. Los sistemas abiertos, con prensa libre y contrapesos, permiten corregir errores antes de que escalen. Cuando esas válvulas se cierran, los fallos se vuelven sistémicos. La combinación de poder concentrado, tecnologías aceleradas y ausencia de coordinación crea un entorno altamente sensible a malas decisiones. El Reloj del Apocalipsis registra esa sensibilidad, no como juicio ideológico, sino como evaluación de estabilidad global.
El contexto actual muestra una paradoja inquietante. Nunca se supo tanto sobre los riesgos y nunca resultó tan difícil construir acuerdos. La crisis climática cuenta con consenso científico amplio, pero enfrenta bloqueos políticos persistentes. El riesgo nuclear vuelve al centro del tablero mientras desaparecen tratados y canales de verificación. La inteligencia artificial amplifica capacidades sin un marco ético común. Todo ocurre en un escenario donde la confianza entre países se erosiona y el multilateralismo se repliega.
El reloj, en ese sentido, mide la distancia entre interdependencia real y cooperación efectiva. El mundo opera como un sistema único en términos económicos, ambientales y tecnológicos, pero se gobierna con lógicas fragmentadas y competitivas. Esa desconexión explica el avance de los segundos. El peligro surge cuando la coordinación queda rezagada frente a la velocidad del cambio.
La lección histórica del reloj resulta clara. Cada retroceso hacia la seguridad ocurrió cuando la política recuperó una visión de largo plazo, cuando la democracia se fortaleció como espacio de corrección colectiva y cuando la cooperación dejó de verse como amenaza. La advertencia actual apunta a lo contrario. Sin reglas compartidas, sin instituciones legítimas y sin confianza en la ciencia, el margen de error se reduce.
El Reloj del Apocalipsis marca tiempo simbólico, pero interpela decisiones muy concretas. Señala que el mayor riesgo reside en la renuncia a coordinarse en un mundo profundamente interdependiente. El futuro sigue abierto, pero exige reconstruir cooperación, fortalecer instituciones democráticas y asumir que la seguridad global depende menos de la fuerza aislada y más de la capacidad colectiva para gobernar el riesgo.
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