Un tradicional 15 de mayo, entre pastelillos, discursos y una que otra canción de fondo, celebramos el Día del Maestro. Sí, al maestro, ese personaje que alguna vez fue sinónimo de respeto, guía y ejemplo. Pero en esta sociedad donde los valores se nos caen como hojas secas en otoño, ¿qué celebramos realmente? Nos llenamos la boca diciendo que el maestro es “el pilar de la sociedad”, “los apóstoles de la enseñanza”, pero apenas cruza la puerta del salón, se convierte en psicólogo improvisado, policía sin placa, madre sustituta, y a veces, blanco de agresiones verbales (y físicas) simplemente por atreverse a exigir respeto. Antes, al maestro se le saludaba de pie, se le agradecía con la mirada baja y el cuaderno limpio, llegaban a ser nuestros segundos padres y la escuela nuestra segunda casa. Hoy, se le graba en secreto para ridiculizarlo en redes, se le denuncia por “levantarle la voz” al alumno, y se le exige resultados mientras se le recorta el sueldo y se le carga de papeleo inútil o se les llama a reuniones absurdas de simulación mensual. Y sin embargo, ahí están. Llegando con el alma desgastada, pero con los brazos abiertos, sembrando letras, números, dudas y sueños. Muchos de ellos, los de verdadera vocación, con hambre de inspirar a sus alumnos. Algunos dirán que ya no hay vocación; yo digo que hay resistencia. Porque enseñar en medio del caos moral que viene de las casas de los alumnos y del desprecio institucional no es vocación: es heroísmo cotidiano. Imagínese que un día la sociedad entienda que sin maestros no hay país, que sin educación no hay futuro, y que sin respeto a quien educa, estamos condenados a repetir los mismos errores con peores consecuencias. Así que hoy, más que celebrar, propongo reflexionar. ¿Estamos valorando al maestro o solo cumpliendo con el calendario cívico? ¿Les damos herramientas o solo exigencias? ¿Les reconocemos o solo los sobrevivimos? Porque más que una flor o un desayuno con discurso, lo que el maestro necesita y merece, es una sociedad que lo respalde, una familia que lo respete, y un gobierno que lo dignifique.
Por fin, una buena noticia que vale la pena celebrar: el abasto de agua para el sur de Tamaulipas está garantizado para este 2025. Después de haber enfrentado en 2024 la peor crisis hídrica en la historia reciente de la región, el anuncio de COMAPA SUR marca un antes y un después en la gestión del vital líquido. El gerente general del organismo, Francisco José González Casanova, confirmó que el sistema lagunero se encuentra hoy en condiciones mucho más favorables, con niveles en la bocatoma que han pasado de -99 centímetros a una cota de +80 centímetros. Este cambio no solo es alentador, sino que devuelve la estabilidad operativa a un sistema que estuvo al borde del colapso. Detrás de esta mejora hay un trabajo coordinado y eficiente. Resulta justo reconocer el papel del gobernador Américo Villarreal Anaya y de la Secretaría de Recursos Hidráulicos para el Desarrollo Social, quienes han impulsado mejoras en la infraestructura y en la gestión hídrica. No se trata de suerte: es el fruto de decisiones acertadas, inversión oportuna y visión a largo plazo. Este logro, sin embargo, no debe llevarnos al conformismo. Como bien señaló González Casanova, la naturaleza es impredecible, y la cultura del ahorro y uso responsable del agua debe seguir fortaleciéndose. Pero tener garantizado el suministro en 2025 es un paso significativo hacia la sostenibilidad y una muestra de que, cuando hay voluntad y planeación, los resultados llegan.
Altamira da un ejemplo claro de cómo se construye el desarrollo: con diálogo, voluntad y trabajo conjunto. La reciente reunión entre el presidente municipal, Armando Martínez Manríquez, y el Consejo de Instituciones Empresariales del Sur de Tamaulipas (CIEST), celebrada en la emblemática Laguna de Champayán, es prueba de ello. Este encuentro no fue solo una reunión institucional, sino una muestra del compromiso mutuo entre el sector público y privado para impulsar proyectos que fortalezcan el crecimiento económico y social del municipio. Con la participación activa de líderes empresariales, encabezados por Alejandro Manuel Sobera Biotegui, se discutieron estrategias clave para integrar la región y detonar nuevas oportunidades. El alcalde Armando Martínez no solo escuchó, sino que también compartió avances concretos: obras de infraestructura y una histórica inversión privada que ya está transformando el rostro de Altamira. Esa combinación de gestión pública eficiente y confianza empresarial está creando condiciones reales de bienestar para las familias. Lo más valioso de este tipo de encuentros es el mensaje que dejan: Altamira no camina sola. En cooperación, empresarios y gobierno municipal empujan y consolidan a Altamira como un polo de desarrollo en el sur de Tamaulipas.