Alfa y Omega / Morir entero
Soy un toro desvacado, que vivo solo, apartado, al fondo de una cañada, en lo más hondo, sin tener nada. Ya no significo nada tierno, me han cortado de los rediles, se han tornado mis abriles y vivo un riguroso invierno.
Ya no mujo, ya no cuerno, ya se me agotó el coraje, medroso voy al aguaje, sé que no soy eterno. Poco bebo, menos como, ya no me echo tierra al lomo y rabiando de fatiga, me lleno el lomo de boñiga.
Ya no valgo ni cuartilla, delante de la palomilla, aquel que fuera ejemplar, aquí y en cualquier lugar. Yo que varias plazas cubrí y a muchas capas acometí, muchas veces con la pica me topé y varias reatas reventé.
La vaca que galanteara, para ponerla en calor, no hubo otro toro mejor, que disputármela osara. Por tener grueso morrillo y mis cuernos tan puntales, los vacunos sementales, me nombraron su caudillo.
Hoy me asusto si me ladra un perro, me reta cualquier becerro y a este reto le rehúyo, ya se me acabó el orgullo.
Sin de fuerza hacer alarde, cuando allá de tarde en tarde, siento que el cuerpo me pide, poner una vaca en gesta, la requiero y me detesta, y con desdén me despide, sintiéndose hasta molesta.
Ahora en tiempos de fríos, recorriendo los vaqueros todititos los criaderos, a unos compañeros míos, cortaron de sus vacadas, y arriando de sus manadas, condujeron al corral, ahí, dijo el caporal, que por tanto haber vivido, ya no cumplían su cometido.
“Procedamos a castrarlos, a la engorda incorporarlos y antes de los fríos de enero, mandarlos al matadero”.
Si con ellos me cotejo, soy de su edad o más viejo, de escapar no encuentro medio y no tengo más remedio, que correr la misma suerte, castración, engorda y muerte.















