Análisisviernes, 20 de febrero de 2026
Una batalla tras otra
*Antonio Martínez Velázquez
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*Antonio Martínez Velázquez
En su más reciente inmersión en el universo paranoico de Thomas Pynchon, Paul Thomas Anderson no se limita a adaptar Vineland; ejecuta una autopsia furiosa del aparato estatal contemporáneo. Lejos de ser un caso aislado, Una batalla tras otra (2025) representa la culminación natural de un ambicioso proyecto cinematográfico dedicado a desmitificar la historia y los valores fundacionales de Estados Unidos. Si Anderson ya había explorado el origen del capitalismo rapaz y el fervor religioso en There Will Be Blood (2007), o el vacío existencial de la posguerra devorado por los cultos a la personalidad en The Master (2012), aquí su lente apunta, sin concesiones, hacia la necrosis del presente.
Anderson retoma el hilo exactamente donde lo dejó con Inherent Vice (2014). Si en aquella primera adaptación de Pynchon atestiguamos un réquiem narcótico por el sueño contracultural de los sesenta frente al ascenso de la maquinaria policial, esta nueva entrega da un salto hacia la asfixia total. La opresión sistémica se manifiesta ahora en la era de las redadas migratorias, la militarización fronteriza y un neofascismo descarado. El resultado es un artefacto cultural denso, incómodo y absolutamente vital.
Fiel al posmodernismo literario de su material de origen, la cinta rechaza cualquier narrativa heroica tradicional. Anderson abraza el caos, la entropía y lo absurdo como las únicas lentes válidas para observar a una superpotencia en decadencia. Aquí, la resistencia no se romantiza; se exhibe desgastada. Bob Ferguson —un Leonardo DiCaprio brillante en su vulnerabilidad cómica— es el heredero directo de almas rotas como Freddie Quell o Doc Sportello: hombres desorientados por un sistema que los mastica y los escupe. Ferguson encarna el deterioro de los ideales radicales, reducido a un exmilitante adicto y paranoico que sobrevive en la clandestinidad. Esta desmitificación subraya que, frente al leviatán del Estado, la disidencia suele operar desde la fractura, el agotamiento y una torpeza profundamente humana.
Sin embargo, el corazón ideológico de la obra late en la confrontación entre el grupo de guerrilla urbana French 75 y el coronel Lockjaw (Sean Penn). A través de este choque, el director articula una feroz crítica a la necropolítica moderna. Al centrar la acción directa en la liberación de centros de detención de migrantes, la película le arranca la máscara a la burocracia para exponer la violencia institucional que sostiene al imperio. La estampa de Perfidia (Teyana Taylor) disparando un rifle de asalto con nueve meses de embarazo se erige como una de las imágenes más potentes del cine reciente: el cuerpo gestante convertido en la trinchera definitiva contra un sistema que busca aniquilar el futuro. Frente a ella, Lockjaw surge como una mutación contemporánea de la codicia de Daniel Plainview, pero armada con legitimidad militar y movida por un extremismo ideológico que esconde una perversa fijación fetichista hacia la otredad que desprecia.
A escala microscópica, la fractura de la familia Ferguson funciona como una alegoría del propio tejido social estadounidense. La joven Willa (Chase Infiniti) no solo hereda el trauma de sus padres, sino la responsabilidad histórica de enfrentar a una maquinaria implacable. Es aquí donde el título de la película dialoga con la filmografía entera del director y adquiere su mayor densidad filosófica: Una batalla tras otra trasciende la acción frenética —capturada magistralmente en formato VistaVision— para proponer una tesis sobre la condición inagotable de la lucha social. El conflicto entre el individuo marginado y el poder no tiene punto final.
En tiempos en que la narrativa hegemónica exige respuestas fáciles y resoluciones conciliadoras, Paul Thomas Anderson entrega una obra monumentalmente ruidosa y antisentimental. Apoyada por la partitura incisiva de Jonny Greenwood, la cinta se consolida como un manifiesto sobre la ayuda mutua y la rebelión perpetua. Es una obra maestra del caos que nos obliga a mirar de frente las estructuras de opresión para reconocer que, mientras el autoritarismo siga evolucionando, la obligación moral de resistir será siempre una labor inacabada.