Antonio Martínez Velazquez
En la era del cansancio crónico, donde el individuo se asume devotamente como su propio capataz, el filósofo Byung-Chul Han se erige como el forense de nuestras fatigas. Su diagnóstico es letal: habitamos el “infierno neoliberal de lo igual”, un páramo donde los rituales agonizan frente al altar del rendimiento y la rentabilidad. Para el pensador surcoreano, los ritos no son antiguallas de museo, sino técnicas simbólicas que hacen habitable el tiempo, otorgándole la firmeza de un hogar. Sin embargo, la feligresía contemporánea padece la amarga paradoja de una “comunicación sin comunidad”: estamos brutalmente conectados, deslizando el dedo sobre pantallas que prometen el mundo, pero hemos extraviado la destreza de relacionarnos desde el asombro y el reconocimiento mutuo.
Es aquí, en el choque frontal entre la asepsia digital y la terquedad de la memoria, donde la teoría de Han abandona la abstracción y encuentra su antídoto más rotundo en la cultura mexicana. Byung-Chul Han lamenta que la compulsión por producir nos arroje a una percepción serial del tiempo, un fluir errático sin cierres ni pausas. La respuesta mexicana a esta tragedia no es un manifiesto teórico, sino un acto de insubordinación temporal: la fiesta patronal y el ciclo agrícola. Frente al tiempo que se escurre como arena en las metrópolis, el calendario ritual mesoamericano impone diques de contención.
Tras el cataclismo de la Conquista, las comunidades originarias urdieron un complejo sincretismo que entrelazó la liturgia católica con su cosmovisión. Hoy en día, el tiempo en México se niega a ser mero capital productivo; se convierte en lluvia, milpa y memoria. Cuando las comunidades suben al cerro el Día de la Santa Cruz para exigirle agua a la intemperie, o cuando celebran el 29 de septiembre al mismo tiempo a San Miguel que a la irrefutable maduración de los elotes, están ejecutando una pausa sagrada que trasciende y anula la tiranía del trabajo.
Al transformarnos en sujetos de rendimiento, domesticados por la ilusión del éxito, nos aislamos en un narcisismo que es la matriz de la depresión moderna. En este laberinto, los ritos sanadores mexicanos —desde la geometría uterina del temazcal hasta las limpias botánicas— operan como el reajuste exacto, pues exigen un saludable olvido del ego frente al asombro de la naturaleza. Frente a la obsolescencia programada y el consumo de identidades desechables, la paciencia ritualística sobrevive en lo táctil y lo local. Pensemos en el telar tradicional: allí, el tiempo no se consume con voracidad, sino que se teje. Cada hilo es una refutación de lo efímero, un recordatorio de que los objetos rituales no se agotan en el frenesí de la compra, sino que se usan, adquieren historia y envejecen con dignidad comunitaria.
Pero si de desafiar la fugacidad moderna se trata, el puente definitivo entre la carencia que señala el filósofo y la abundancia cultural mexicana es el diálogo con la muerte. Han señala que el régimen actual nos incapacita para los cierres, empujándonos a huir del dolor y dejándonos en una infantilización perpetua. En contraste frontal, la lógica mesoamericana asume la muerte no como el penoso fracaso de la productividad biológica, sino como una semilla que germina para alimentar a los vivos. El deslumbrante testimonio de la comunidad maya de Pomuch (Campeche), donde las familias exhuman a sus muertos para limpiar con devoción de orfebres sus restos óseos, ilustra esta victoria sobre la inercia del olvido. Este rito de reintegración, coronado por el cambio de paños amorosamente bordados, exige un duelo pausado y una suspensión tajante del ajetreo utilitario.
Renunciar a la defensa de estos ritos es aceptar sin reparos el boleto de entrada a la homogeneización global, ese supermercado donde apenas logramos exhibirnos. Los rituales mexicanos no son postales sepia de un país que se desvanece; son la praxis encarnada de una resistencia que Han apenas alcanza a teorizar. Mantener viva nuestra complicidad con el ciclo de las siembras, con el barro de la ofrenda y con la pausa comunitaria, es el único método probado para salvaguardar la soberanía del espíritu frente a la barbarie de lo útil.