Vacaciones sin salir, descansar se volvió un lujo
El derecho al descanso no es un privilegio. El derecho al esparcimiento tampoco debería serlo. Pero en México, hoy, ambos empiezan a sentirse como algo reservado para unos cuantos.
En plena temporada vacacional, cuando millones de niñas, niños y jóvenes deberían estar saliendo, conociendo, divirténdose, conviviendo, la realidad es otra: cada vez más familias simplemente no pueden. Y no es casualidad.
Hoy, en la zona metropolitana del Valle de México, hay estaciones donde la gasolina ya roza los 27 y hasta 28 pesos por litro. El diésel (que mueve alimentos, transporte y mercancías) se paga a 26 y 27 pesos.
Cuando inició este gobierno, la gasolina rondaba los 22 pesos. Hoy sufrimos de aumentos de hasta 5 o 6 pesos por litro en distintos puntos del país.
Este incremento no se queda en la gasolinera. Se traslada a la despensa: tortilla, huevo, pollo, aceite, jitomate; y también se traslada a algo que pocas veces se mide: la posibilidad de salir, de convivir, de disfrutar.
Porque cuando la vida se encarece, lo primero que se recorta no es el gasto obligatorio. Es el gasto que da sentido a la vida.
Y hoy, salir también se encareció de forma evidente.
En los últimos meses, los boletos de avión en rutas nacionales han registrado aumentos que en temporadas vacacionales pueden superar el 20 o incluso 30 por ciento respecto a años recientes.
Los autobuses foráneos también han ajustado tarifas por el costo del diésel.
Y los hoteles, particularmente en destinos turísticos, han incrementado precios por encima de la inflación general, en muchos casos entre 10 y 25 por ciento.
Es decir: no solo es más caro vivir. También es más caro salir de esa rutina.
Si en casa ya no alcanza para completar la despensa, mucho menos alcanza para pagar vacaciones.
Las familias hacen lo que pueden. Reducen planes, buscan espacios gratuitos, cambian viajes por días de campo y caminatas.
Lo normal ahora es simplemente quedarse en casa. Y eso es desigualdad.
Antes y esto no es nostalgia, es memoria colectiva, muchas familias hacían un esfuerzo por salir unos días, por visitar a familiares, por cambiar de entorno, aunque fuera de forma modesta. Hoy incluso eso se vuelve cuesta arriba.
Porque no es solo el costo del destino, es el costo de llegar, es el costo de moverse. Es el costo acumulado de una economía donde todo está atravesado por el precio del combustible.
En el Estado de México esto es todavía más evidente.
Millones de personas viven en trayectos largos, en traslados diarios, en una lógica donde el transporte no es opción, es obligación.
Y ese transporte ya subió en 2025.
A eso se suma que comer fuera, aunque sea un taco o una torta entre trayectos, también cuesta más.
Es decir, cuesta más vivir y también cuesta más descansar de esa vida.
Ese es el punto que no se está viendo.
El bienestar no puede medirse solo en si alcanza para lo básico, que ya no alcanza.
El bienestar también implica tiempo, espacio y condiciones para convivir, para salir, para romper la rutina, cuando eso desaparece, lo que se pierde no es solo dinero. Se pierde calidad de vida.
Se pierde tejido social. Se pierde infancia. Se pierde comunidad. Se pierden momentos qué recordar de familia.
Y hoy, para millones, eso ya no está ocurriendo.

















