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Análisislunes, 23 de marzo de 2026

Democracia en modo scroll

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Si la democracia fuera una app, hoy muchos la usarían igual que TikTok: deslizando sin detenerse, reaccionando sin pensar y creyendo que con eso ya participaron.

Suena exagerado, pero no lo es tanto.

El más reciente World Happiness Report 2026 (Informe Mundial de la Felicidad, publicado el 19 de marzo) pone sobre la mesa un dato incómodo: no es lo mismo estar conectado que estar involucrado. Y eso aplica igual para las redes sociales que para la vida pública.

El estudio distingue dos formas de uso que, en realidad, dicen mucho de cómo estamos viviendo hoy. Por un lado, el uso pasivo: ver, consumir, desplazarse entre contenidos. Por el otro, el uso activo: interactuar, opinar, dialogar.

La diferencia no es menor. Según el informe, quienes usan las redes de forma pasiva tienden a reportar menor bienestar. Es decir, mientras más observas sin participar, peor te sientes. En cambio, cuando hay interacción, aunque sea básica, los efectos son neutros o incluso positivos.

¿Por qué pasa esto?

Dicho de manera simple: ver la vida de otros no te hace sentir parte de ella.

Y aquí es donde esto deja de ser un tema de redes sociales y se vuelve un tema de sociedad.

Porque la lógica de observar sin participar se está trasladando poco a poco a la forma en que entendemos la vida pública. Hoy millones de personas opinan, reaccionan, comparten; pero cada vez menos se involucran de fondo.

Participar ya no significa organizarse, exigir o incidir. Muchas veces significa solo comentar en redes.

Y eso tiene consecuencias.

Una democracia no se construye con espectadores. Se construye con ciudadanos que participan, cuestionan y empujan cambios más allá de un “like” o un “share”.

Porque después de una elección, la responsabilidad ya no es del ciudadano, es del gobierno. Gobernar implica dar resultados, resolver problemas y mejorar la vida de las personas. No basta con decir que la gente eligió, hay que responder a esa elección.

Cuando eso no ocurre, la política empieza a parecerse demasiado a las redes: mucho discurso, mucha emoción, pero pocos cambios reales.

Y mientras tanto, la ciudadanía corre el riesgo de quedar atrapada en el mismo esquema que describe el estudio: consumiendo política como si fuera contenido, reaccionando como espectador, pero sin incidir realmente en las decisiones que afectan su vida.

Las redes sociales no son el enemigo. Pero sí pueden convertirse en el espacio perfecto para una democracia superficial: mucha conversación, poca incidencia; mucha emoción, poca transformación.

Por eso la reflexión es inevitable.

Si el uso pasivo de las redes reduce el bienestar individual, ¿qué ocurre cuando trasladamos esa lógica a la vida pública? ¿Qué pasa cuando millones de personas observan la política, la comentan, la comparten, pero no participan realmente en ella?

La respuesta es incómoda: se debilita la democracia.

Porque una sociedad que se acostumbra a mirar, termina por dejar de exigir.

Y una ciudadanía que deja de exigir, tarde o temprano deja de decidir.

Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresión

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