Vox populi | Popularidad sin crecimiento: el poder de la narrativa
Las opiniones vertidas en este artículo son responsabilidad de quien las emite y no de esta casa editorial. Aquí se respeta la libertad de expresiónLa alta aprobación de Sheinbaum no refleja la ausencia de problemas, sino la eficacia política para gestionarlos en el plano narrativo. La opinión pública no es un espejo de la realidad objetiva, sino el resultado de cómo esa realidad es interpretada. Y hoy, ese terreno interpretativo sigue siendo dominado por el bloque gobernante.
La aprobación de la Presidenta Sheinbaum registra mas del 70% según diversas encuestas agrupadas por el Portal Oraculus.mx, en un contexto de bajo crecimiento económico, inflación persistente, percepción elevada de inseguridad y cuestionamientos en materia de corrupción en el bloque gobernante. ¿Cómo se explica esta aparente paradoja?
Lejos de ser un caso aislado, este tipo de escenarios ha sido documentado en distintos contextos políticos. La clave está en entender que la aprobación presidencial no depende exclusivamente de indicadores objetivos, sino de cómo estos son interpretados, jerarquizados y, sobre todo, enmarcados narrativamente por el liderazgo político.
En primer lugar, la fortaleza de la aprobación de Sheinbaum se explica por la consolidación de una base social amplia y cohesionada. Este núcleo de apoyo no solo comparte afinidad ideológica, sino que también percibe beneficios tangibles derivados de políticas públicas, especialmente en materia de transferencias sociales. Para estos sectores, el gobierno se evalúa más por su capacidad de redistribución que por su desempeño macroeconómico.
En segundo término, la narrativa gubernamental ha logrado establecer un marco interpretativo eficaz: los problemas estructurales como la inseguridad o el bajo crecimiento, no son percibidos exclusivamente como responsabilidad del gobierno en turno, sino como herencias de administraciones pasadas o fenómenos complejos de largo plazo. Esta lógica reduce el costo político de los resultados adversos.
Un elemento particularmente relevante es la relación entre la percepción de inseguridad y la aprobación presidencial. En este sentido, el análisis del academico Alejandro Moreno del el Financiero destaca que entre quienes perciben a la inseguridad como una preocupación no necesariamente trasladan esa preocupación en desaprobación directa a Sheinbaum. En muchos casos, la inseguridad se ha normalizado y prevalece una evaluación relativa: se reconoce el problema, pero se considera que el gobierno está haciendo “lo posible” o incluso mejor que sus antecesores. Esto diluye la penalización política.
En contraste advierte Alex Moreno, la evaluación hacia la Presidenta cambia entre quienes priorizan la economía o la corrupción. Estos segmentos tienden a mostrar mayores niveles de desaprobación. La razón es clara: la economía impacta de manera inmediata el bienestar cotidiano. La inflación, la presión sobre el ingreso y el bajo dinamismo económico generan juicios más directos y menos tolerantes. Algo similar ocurre con la corrupción, donde la expectativa de cambio es más exigente y menos flexible ante señales de continuidad.
Esta narrativa no solo ha sido persistente, sino que ha logrado monopolizar el debate público en esos temas. La oposición tradicional ha quedado, en gran medida, sin discurso propio y con una credibilidad debilitada, incapaz de disputar eficazmente estos ejes. En consecuencia, incluso sectores apartidistas tienden a evaluar al gobierno dentro de ese marco interpretativo dominante.
De cara a 2027, este escenario plantea implicaciones relevantes. Si se mantiene la combinación de una base social sólida, una narrativa dominante y una oposición fragmentada, México podría acercarse a una configuración de sistema de partido dominante. No obstante, este equilibrio es contingente. Un deterioro más agudo de la economía, o escándalos relevantes en materia de corrupción que escapen al control de la agenda, podrían reconfigurar el escenario.
En síntesis, la alta aprobación de Sheinbaum no refleja la ausencia de problemas, sino la eficacia política para gestionarlos en el plano narrativo. La opinión pública no es un espejo de la realidad objetiva, sino el resultado de cómo esa realidad es interpretada. Y hoy, ese terreno interpretativo sigue siendo dominado por el bloque gobernante.