Baldor era cubano
Muchos latinoamericanos de distintas generaciones debimos utilizar por lo menos uno de los libros de matemáticas de Baldor.
Este ilustre matemático, quien nació en la capital de Cuba el 22 de octubre de 1906, se convirtió en el educador más importante de ese país durante los años cuarenta–cincuenta.
El genio cubano fue un tranquilo abogado y matemático que se encerraba durante largas jornadas en su habitación para escribir un libro que desde 1941 estuvo entre los materiales de estudio escolar, más que cualquier otro.
Al tercero de los siete hijos del célebre matemático, Daniel, le tocó vivir directamente el drama que sufrió con su familia y la nana que los acompañó durante más de cincuenta años, en los primeros días de la revolución castrista.
Los Baldor vivían en una casa grande y lujosa de playa donde el profesor dedicaba sus tardes a leer, a crear nuevos ejercicios matemáticos y a fumar, la única pasión que lo distraía por instantes de los números y las ecuaciones.
El 2 de enero de 1959 los barbudos tomaron La Habana, y no pasaron muchas semanas antes de que Fidel Castro fuera personalmente al colegio de Baldor,
"a decirle a mi padre que la revolución estaba con la educación y que le agradecía su valiosa labor de maestro... Pero ya estaba planeando otra cosa".
"Nos vamos de vacaciones para México", nos dijo mi papá. Nos reunió a todos, y como si se tratara de una clase de geometría nos explicó con precisión milimétrica cómo teníamos que prepararnos.
La institución baldoriana pasó a ser el Colegio Español, con 500 estudiantes pertenecientes a la Unión Europea, y ningún niño cubano puede pisar la escuela que el fundador construyó para sus compatriotas.
Tomó clases de inglés junto a sus hijos en la Universidad de Nueva York, y al poco tiempo ya dictaba una cátedra en Saint Peter´s College, de Nueva Jersey, merced a los empeños de sus hermanos masones norteamericanos.
Se esforzó para terminar la educación de sus hijos y cada uno encontró la profesión con que soñaba, aunque ninguno sintió vocación por las matemáticas, pero todos continuaron aceptando los desafíos mentales y los juegos con que los retaba su padre todos los días.
Tiempo más tarde, Baldor forjó un importante prestigio y dejó atrás las dificultades de la pobreza. Sin embargo, el maestro no pudo ser feliz fuera de Cuba y jamás recuperó su centenar de kilos de peso.













