Amar a Mexicali, sobrevivir y permanecer
Date una vuelta por el Chicali Tragón
Karina Villalobos
Por si alguien aún no lo nota, yo amo a Mexicali no sólo con todo mi corazón, sino con cada centímetro de órganos, vísceras y piel que me conforman.
Cuando hablo de mi tierra no falta quien me ha pedido “que le baje, que ni que fuera para tanto”, mi única respuesta siempre es: yo soy Mexicali.
Cuando manejo por el valle, intento que siempre me toque la hora dorada, porque hay pocas cosas tan espectaculares como los sembradíos bañados por el oro eterno del sol, y si hay nubes, la visión es para abrir la boca y tirar unas cuantas lágrimas.
¿Han estado alguna vez parados uno de esos puentes diseminados en el Valle?
El aire de los camiones y el eco de su andar azotan el cabello, los rosas y naranjas del crepúsculo parecen hechos a mano y la inmensidad de la tierra plana te hace sentir enraizado a la arena, hace falta una buena caguama para digerir la soledad y cariño que invaden a un mismo tiempo.
Y luego la ciudad, incaminable, sin banquetas, de concreto que hornea el ambiente, con olor a industria, comida y vacas.
Ruido, mucho ruido, música, semáforos poco coordinados, pocos parques, pocos árboles, y sin embargo aquí sigo, en algo que seguro ustedes conocen muy bien: esta especie de resistencia, de saber que si el desierto no ha terminado con nosotros es porque ya nada podrá hacerlo.
Gritamos, siempre gritamos, y a veces cuando regreso de andar lejos llego a pensar que hablamos ladrado, pero es que así tiene que ser, si no el desierto se tragaría cada sonido
En este lugar como dice mi querida Dena “se quedan los que aguantan”, y ahí es donde empieza la belleza del asunto, que cuando aguantas y aceptas con humildad los designios del desierto, al desierto no le queda otra que empezarte a regalar un buen de cosas bellas, pero solo las reciben los que sobreviven.
Con esta colaboración se cumplen tres años de vida del Chicali Tragón. Yo no soy chef, ni cocinera, ni crítica gastronómica. Pero sí soy tragona y amante de la ciudad.
Reconozco con emoción que en los últimos años han habido nuevas propuestas y ganas de darle una identidad más amplia a Mexicali, no tengo problema con que se nos conozca por el calorón, la comida china y los tacos, porque eso somos, pero también somos otras cosas.
En estos tres años me he dedicado a buscar lo nuevo, lo distinto, a repasar los clásicos y a lo que es saludable también. Pero para festejar decidí acudir a mi clásico, al restaurante al que nunca los he llevado, porque siempre ha estado ahí, porque prácticamente es parte integral de Mexicali.
UNA TRADICIÓN
El Heidelberg es ese lugar alemán de la Calle Madero que no sirve comida alemana. En 1986 sí lo hacía, pero un año después cambiaron el concepto a comida internacional, y desde entonces, como muchos de nosotros, no solo se ha quedado, sino que ha resistido todo.
A pesar de que no he probado todo lo que ofrece la carta, creo que sí la conozco en un 80% y para celebrar Dena y yo decidimos optar por nuestra entrada favorita y uno de los platos que ninguna había ordenado jamás.
Arribamos a la 1 de la tarde, y el sol filtraba por los vitrales de manera delicada y limpia. Decidimos comer en el bar, porque nos gustan sus mesas altas. La tarde sólo podía empezar como se empieza aquí todo: agua bien helada, palomitas, y una ronda de mezcal.
Ya con varios tragos de mezcal en el paladar pedimos la entrada de Lengua con Chicharrón. Si usted es de los que le hace el feo a la lengua dele aquí una oportunidad, la sirven en su caldo con trocitos de chicharrón que le dan la sorpresa crujiente y la acompañan con chile, cilantro, cebolla, una muy rica salsa y claro, la tortilla de maíz.
Como plato fuerte ordenamos el nada discreto Chamorro de Cerdo, que véalo usted, una verdadera comida para bárbaros (lo que somos en este norte, pues), doradito por fuera, delicado y jugoso por dentro. Lo acompañan una ensalada de papas y sauerkraut. Recomiendo no pedirlo si va solo, es una delicia que necesita cómplice para rendirle honor.
Pareciera que fuimos discretas celebrando con solo 2 platillos, pero las raciones son generosas y vuelvo de manera regular a sus mesas.
Agradezco a cada una de las personas que sin querer y queriendo hacen posibles estas colaboraciones, con las que puedo escribirle a Mexicali unas buenas y largas cartas de amor. El Heidelberg está en la esquina de Madero y Calle H de la Colonia Nueva. Abren de lunes a sábado de 12 pm a 1:30 am, y los domingos de 1 a 6 pm.
*Mexicalense, comunicóloga e historiadora por la UABC, voz de radio en Los 40 Mexicali y directora de Punto 56 Centro de Estudios Fotográficos.


































