De verdad, estoy escribiendo en caliente. Redacto esto pocos días después de la derrota del equipo mexicano en Qatar. Durante el juego toda la ciudad mexicana se paralizó, la gente se vistió de verde con la misma inocencia, sabidos pues, que íbamos a perder y que, solo un milagro pondría el marcador a favor de México.
“Y es que, para la selección mexicana, ganar es cosa de suerte, no de disciplina, pasión y vocación”
Por espacio de dos horas no hubo crisis, nadie se acordaba del presidente de la republica ni de la marcha del día siguiente, todos los aficionados estaban llenos de esperanza, fueron dos horas en donde no existía nada, solo futbol.
Tal vez en México nuestro equipo está integrado por los mejores futbolistas, o al menos así los ven quienes les han hecho creer que son los reyes de la canchita mexicana, capaces solamente para jugar con otro equipo de la misma estatura mexicana.
En el partido los vimos hacer el papel de siempre, (ya sé que no esperábamos ver mucho más), pero estaba la esperanza, ya ve usted que en México se le enciende una veladora a la virgen de Guadalupe, y uno le deja el encargo completo con la esperanza del milagro.
Se nos olvida que los santos y los milagros no se meten en temas deportivos y que el poder de ellos va más allá, va con gente que realmente tiene fe y ayuda a que el milagro se haga realidad, no lo deja todo en manos del santo.
Durante el partido, por escasos minutos que pude ver al equipo contrario, tan superior, me invitaba a ver cada fragmento en cámara lenta y entendí que los ojos de Messi y del resto del equipo argentino estuvieron siempre concentrados en la pelota, pero no en el fútbol ni en el contexto.
Los argentinos, alemanes, japoneses y casi todos, para ser integrantes deben ser deportistas que aman lo que hacen pero sobre todo, son disciplinados, le invierten tiempo y vida, y el maestro o director debe tratarlos don dureza, no como vedets.
El equipo contrario, solo deseaba la pelota dentro del arco mexicano, no les importa el deporte ni el resultado, ni la legislación, mucho menos los gritos de ¡Eeeeehhhh putos!!
Son unos perros tras de su presa, mientras el mexicano está pensando quien sabe en qué. No estoy en contra de la selección, estoy en contra de que siempre van los que pierden, y eso le cuesta al pueblo mexicano.
Argentina llevaba a Messi, al que han calificado como un perro en la cancha, él no está pensando en lucirse, como el portero mexicano con su cabellera bien cuidada, lavada con Rusian Amber Imperial Shampoo de 140 dólares y esa ballerina que lo hace verse como “vedet”, eso es lo que mejor lleva acomodado el portero mexicano, él desea verse “chulo”… no el importa que se la metan.
No vaya usted a pensar que soy racista, entre los argentinos y los mexicanos solo hay una diferencia que agrupa estas virtudes; aman lo que hacen, juegan con pasión, con orgullo y tienen la bomba del ego bien inflada. A ellos si les da vergüenza regresar a casa derrotados.
Al mexicano no, él no se trauma ni se acompleja por perder porque nace con la filosofía de “jugamos como nunca y perdimos como siempre”, además, les ovacionan hasta la derrota, siguen siendo los reyes del futbol en México.
El futbol mexicano da un espectáculo hermoso, ver a los aficionados invertir todas sus emociones sin que sientan como se desinflan, el gesto de decepción que ofrecen y la manera tan estoica de como diluyen la decepción con un six de cervezas y muchos jaiboles para irse a dormir anestesiados.
Al día siguiente ya nadie cuenta nada, ahora toca esperar el siguiente partido, con la misma ilusión y esperanza de que la suerte los pueda beneficiar.
En realidad, no se nada de futbol, nunca tuve tiempo de aprender las reglas y tampoco para convertirme en aficionado, no me gusta la gente perdedora.
Mis maestros en la universidad me enseñaron que, si quería tener éxito, debía rodearme y estar cerca de gente exitosa, no de gente perdedora, mediocre, conformista, y en esa lucha estoy …
En este momento no están todos los ojos en Qatar, un país islámico en donde no debía haber sido el mundial, pero el dinero y la corrupción volvieron otra vez a ser protagonistas en el deporte.
Al final, la afición le apuesta a sus muchachitos deportistas mexicanos que no son ni deportistas, ni muchachitos, sino hombres con suerte de estar ahí.
La factura la pagan aquellos que dejan de trabajar e incluso dejan plantada a la esposa o la excluyen de su vida por varias horas, por esta razón decepcionante.
No me gusta el futbol, pero, admiro el talento asombroso del verdadero futbolista para mantener en su poder algo redondo e inflado y llevarlo hasta un tejido de red al final.
Al final ese es el objetivo, el triunfo llega después.
Comentarios: morancarlos.escobar1958@gmail.com
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