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Cada año soy evocada en estas otoñales fechas para celebrarme, según dicen los que ahora viven en la tierra que me vio nacer, y que hoy se llama México, el 12 de noviembre de 1651. Se dice que por ser la mejor escritora de mi tiempo. Tal honor lo considero inmerecido, pues apenas escribí unos cuantos versos, loas, comedias, epístolas y un papelillo llamado “Primero sueño”.
Con sorpresa me entero que hay universidades, bibliotecas, centros culturales y hasta premios literarios con mi nombre. Que mi efigie aparece en los billetes de cien pesos (aunque llegó a estar en los de mil, luego en los de doscientos, y en una moneda también). Tanta celebración me ruboriza, pues, aunque los lectores no lo crean, siempre traté de cultivar la virtud de la humildad, no porque fuera exigencia a mi condición de religiosa, sino porque eso permitía que mi razón no se perturbara.
Mis obras pudieron ver la luz gracias a mi amiga la virreina, doña María Luisa Manrique de Lara y Gonzaga, que llevó mis escritos a España y los publicó. Por supuesto que no se consideró que eso se hiciera porque tuvieran calidad, sino porque “algo había entre ella y yo”. Es decir, desacreditaron la obra y a su autora.
¿Qué se dijo de mí? Que era mala religiosa, que me involucraba demasiado en las cosas del mundo, que cómo me atrevía a tener debates filosóficos con hombres que conocían mucho mejor que yo las finezas de Cristo, que no cumplía mis votos de humildad y obediencia. Nunca bastó mi dominio de la lógica para esgrimir argumentos contundentes a sus falacias: desde el ad hominem hasta el ad baculum, me acusaron de todo y sin pruebas, para callar mi voz. Confieso que fue tal la presión recibida, que terminé por aceptar que elegí el camino equivocado, que me alejé de Dios por querer acceder al conocimiento, y al igual que Faetón, a quien menciono en “Primero Sueño”, caí fulminada.
Puedo ver que luego de varios siglos, escribir y ser mujer en este país sigue siendo titánica tarea. ¿Cuántas letras de mujeres andan por ahí desbalagadas queriendo ser un libro de cuentos, un poemario, una novela, un ensayo? ¿Cuántas esconderán las hojas con sus historias dentro de los recetarios de cocina, de las cartas que dictadas por su superior, de las libretas de planeación de clases, del diario personal que se guarda en una gaveta?
Pobrecillas de esas desventuradas que se atreven a pensar que sus palabras pueden tener la oportunidad de ser impresas en tinta. Que creen que no existe un canon patriarcal que decide lo que vale la pena de ser publicado y lo que no. Que, como aves en busca de nido, se acercan a editoriales a las que les pagan para que vean luz sus libros. Que forman grupos literarios y hacen corrillos para leerse unas a las otras, propician encuentros de escritoras y andan recogiendo reconocimientos a cuentagotas. Les veo recorriendo una senda llena de obstáculos impuestos desde fuera o desde dentro de ellas mismas, aceptando etiquetas y menosprecio.
A ustedes, apreciables señores, que sé bien no perdonaron mis Redondillas en las que les llamé “Hombres necios…”, quiero decirles que hoy que me asomo a su siglo, sigo viendo las actitudes de intolerancia, burla y desprecio que sufrí en mi tiempo. Leo que alguien dice que “un poemario escrito por una mujer horriblemente asqueroso de malo, por el hecho de ser escrito por una mujer, no merece que se lo mandemos a una sala comunitaria”. Malo es, en el ámbito filosófico, aquello que “va en contra de los principios o valores establecidos, causando daño o perjuicio a otros”. Por tanto, para ser algo juzgado como “horriblemente asqueroso de malo”, bastante daño ha de hacer. Me pregunto cuál será la vara con la que la calidad de lo escrito por un hombre o una mujer puede ser medido, pero eso obviamente, lo determina el dueño de la vara.
En cuanto a ustedes, queridas señoras que escriben, les expreso toda mi consideración a la ardua y difícil tarea que se han echado a cuestas. Comprendo que cada una de ustedes tendrá sus motivaciones y razones, así como yo tuve las mías. No quiero desestimar su esfuerzo diciendo que les compadezco, pues en parte me siento responsable de darles el “mal ejemplo”. Así que, apreciables escritoras, les reconozco como mis iguales: determinadas y rebeldes a pesar de todo, y deseo que su camino las lleve a mejores lugares que a mí.