Análisisviernes, 19 de diciembre de 2025
Odiseas posmodernas /Actos humanos
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Quienes han vivido violencia y abuso enfrentan retos enormes a lo largo de su vida. A menudo sienten, con una angustia persistente, que no poseen la capacidad para superarlos. Esta idea —tan evidente que parece innecesario explicarla— atraviesa silenciosamente la experiencia humana contemporánea, aunque pocas veces se enuncia con la crudeza que merece.
Antes de avanzar, es indispensable detenerse en dos palabras que suelen repetirse sin la debida profundidad: duelo y resiliencia. El duelo es un proceso emocional que se activa tras una pérdida. La psicología ha sistematizado sus etapas: shock, ira, tristeza y aceptación. Sin embargo, el duelo no se limita a la muerte o a la tragedia monumental; lo vivimos de manera cotidiana, incluso por hechos que podrían parecer insignificantes.
Si se va la luz y no podemos preparar el café mañanero, atravesamos un duelo. Si la plancha se rompe, si no encontramos la prenda que queríamos usar, si desaparece —mágicamente— el archivo que escribíamos sin haberlo guardado, también hay duelo. Puede parecer risible, pero no lo es. En cada una de estas pérdidas mínimas se activa una frustración real: la interrupción de un deseo, de una expectativa, de un orden.
Ahora bien, cuando el duelo no es nimio sino devastador, cuando proviene de la violencia, del abuso o del terror sistemático, el impacto es otro. Las personas con experiencias traumáticas suelen quedar estacionadas en el dolor, atrapadas en un episodio angustiante que no se clausura. Mentalmente continúan recorriendo ese laberinto. No todas pueden acceder a terapia, y aun cuando lo logran, resulta casi imposible borrar por completo el drama impregnado en su cuerpo y en su memoria.
La literatura ha sabido nombrar ese dolor que no se va. Han Kang, ganadora del Premio Nobel de Literatura 2024, lo hace en su novela Actos humanos (Penguin Random House), donde reconstruye la masacre perpetrada en 1980 por la dictadura de Chun Doo-hwan contra manifestantes que exigían democracia en Corea del Sur. Las crónicas periodísticas estiman entre mil y dos mil civiles asesinados, además del impedimento sistemático para que los sobrevivientes y las familias recuperaran los cuerpos, enviados a fosas comunes.
Han Kang, originaria de Gwangju y nacida en 1970, transforma estos hechos históricos en una novela de alto impacto ético y estético. Su relato habla de la resistencia, del silencio impuesto y del trauma insalvable. Para que el dolor se disuelva, se requiere una transmutación profunda, y esa transmutación, como muestra la autora, aún no es posible.
El cine también ha explorado estas grietas de la mente. Fragmentado (2016), película estadounidense incorporada al catálogo de Netflix en 2024, aborda el trastorno disociativo de personalidad , un padecimiento mental grave en el que una persona presenta dos o más identidades que alternan el control de su comportamiento. Estudios como el de Johnson, Cohen y Kasen (Journal of Psychiatric Research) documentan el deterioro funcional y la comorbilidad asociada a este trastorno.
El protagonista de la cinta, Kevin, alberga veinticuatro identidades distintas: obsesivas, iracundas, perfeccionistas, maternales, infantiles, protectoras. Todas responden, en el fondo, a una herida original. La víctima del trauma suele sentirse avergonzada, incluso culpable. El dolor la esclaviza.
¿Es peligroso el trastorno de identidad disociativo? Desde la narrativa de la película, sí: representa un riesgo tanto para el propio paciente como para quienes lo rodean. Pero más allá del sensacionalismo, Fragmentado plantea una pregunta incómoda sobre el miedo humano a lo desconocido y sobre el misterio de la mente, ese territorio que fascina y aterra por igual.
Durante años, diversos documentales sobre fenómenos paranormales han intentado explicar supuestos poderes sobrenaturales —telequinesis, comunicación con deidades, delirios proféticos— como manifestaciones de trastornos mentales no diagnosticados, particularmente de la esquizofrenia. La mente, cuando es herida, puede fabricar realidades alternas para sobrevivir.
Kevin no es un monstruo: es una persona dañada. Incapaz de aceptarse y de aceptar al otro, crea identidades para intimidar o para despertar ternura, según lo requiera. Lejos de provocar terror, su figura despierta empatía. En el clímax de la película, al reconocer en otra persona a una víctima de abuso, pronuncia una frase reveladora: “Tú no eres impura”. En ese momento, se retrae. Comprende que dañar a alguien semejante a él es dañarse a sí mismo.
La película dice mucho más de lo que aparenta. Tal vez existan innumerables víctimas del dolor que han encontrado refugio en el arte: en la literatura, en el cine, en la música, en la palabra. Pensémoslo. La intrusión de pensamientos divergentes es más común de lo que aceptamos; simplemente aprendemos a ignorarlos. Si todos acudiéramos al terapeuta al primer síntoma, los sanatorios estarían desbordados.
Sanar las heridas es fundamental. No se trata de olvidar, sino de perdonar. Y en ese proceso, el arte resulta indispensable: nos permite narrar nuestra historia —y nuestro dolor— desde perspectivas paralelas, simbólicas, liberadoras. El arte no cura por completo, pero ofrece algo esencial: Libertad.