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Análisisviernes, 5 de mayo de 2023

Contraluz | Yordi Ramiro

Hay voces que quedan profundamente hincadas en la memoria auditiva que son difíciles de olvidar y fáciles de hacer reflotar y flamear en el horizonte de la acústica particular o quizá más allá.

Con auditorio casi lleno el tenor Yordi Ramiro, nacido en el barrio del Capire, en Acapulco, bordó un Rodolfo casi perfecto, con matices suaves en el centro y con agudos diáfanos que eran potentes y exactas clarinadas en el famoso drama de Puccini.

Las funciones fueron apoteósicas por lo que toca a los cantantes y la orquesta, aunque la puesta en escena del maestro José Antonio Alcaraz fue controvertida y no del gusto general.

Sin embargo, bajo la férula de la maestra Magda Olivero que encontró en él enormes potencialidades, estudió canto superior no más de un año en el Conservatorio de dicha ciudad.

Para ese entonces, mientras viajaba contratado en países de Sudamérica, había podido confirmar que lamentablemente el renombre internacional obtenido no tenía gran impacto en México. No era profeta en su tierra.

Pechó, como otros mexicanos y mexicanas, si no con el rechazo, sí con la indolencia de gran parte del público, y la exigencia de supuestos críticos que cuestionaban su historia de triunfos, su talento artístico y hasta su presencia física.

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