Locallunes, 28 de agosto de 2017
Del otro que no es, a la nada que tampoco es
Literatura y filosofía
Redacción

Dice Fernando Pessoa que “nada es, [que] todo se otrea” (Aforismos y afines). Siguiendo este hilo de voz: si todo se vuelve otro, y si ese otro es nada, y si esa nada es el pretexto para reconocernos como sujetos en sí mismos; es decir, vernos y asumirnos desde la nada que hace hilo conductor como espejo ontológico, entonces también somos ese «otro» y esa «nada».
La nada particular sin embargo —hay que matizar— es siempre una nada total. Una nada que se refiere a sí misma. En otras palabras, siguiendo a Pessoa, así como “Dios no creó al mundo, sino sólo al mundo que creó”, pues «el mundo» es un concepto dinámico que rebasa la misma creación en su sentido prístino: la creación ha sido recreada continuamente a partir de la intervención del ser humano en sí y para sí. Lo mismo pasa con la nada general. A partir de la nada (al menos de la idea de nada) han surgido concepciones de nadas particulares (aunque en sentido inverso también tiene sentido; inclusive si el concepto desaparece y sólo queda la acción primitiva).
Esta nada singular y total —en todo caso— refiere un no-ser que es en tanto se des-cubre en los otros; en un constante e inacabado descubrimiento. Entonces el ser (ontológico) se da de continuo: conscientemente cuando la palabra le es consustancial a su devenir; inconsciente, cuando sus actos lo refieren en un constante ir y venir sin mirar hacia adelante (cotidianidad).
Por eso, como bien apunta Pessoa, el agnosticismo no puede existir de manera absoluta. Siempre hay un conocimiento que requiere de un ser abierto, aunque este ser-abierto sea fragmentario o mediocre; inclusive si el conocer lleva consigo la duda o una afirmación débil o inacabada.
En suma: el pensamiento de «la nada» no puede dejar de ser pensamiento de la nada. La otredad viene por consecuencia. No se vive en la apariencia de la palabra o en la soledad del vacío material: siempre hay una palabra que descubre el trasfondo de lo que se nombra; por su parte, la materia no le es ajena al ser humano, al menos en cuanto se refiere a su singularidad como otredad
Y es que para ver al otro es necesario que haya un contexto fáctico, en un tiempo, en alguna circunstancia en particular. Lo vacuo, en este sentido, no está en ni en el otro ni en la materia que le da forma en el pensamiento, sino en la imposibilidad de poder ver al otro como se ve uno mismo: en un escenario objetual dinámico.
La esencia de esta idea no es la idea misma, sino la posibilidad de construir una imagen-de-voz que dé cuenta no sólo de lo que se ve, sino también de la manera como se ve. Ahora bien, si lo que se ve conlleva una vacuidad, un vacío, una nada, una otredad otreada, entonces la materia pierde sentido; su ser objetual calla al igual que calla la mirada epistémica del sujeto que deja de verse en el otro.
Todo se vuelve confuso, la cotidianidad es pasajera en todos los sentidos, no deja impronta en la memoria. Las palabras bajan de su pedestal gramático para convertirse en clichés fatuos. Cualquiera puede ser otro, cualquiera puede caber en la definición abstracta de quien enuncie un no-ser como diferencia sustancial al ser que se es. No hay, en ese sentido, un reconocimiento de la nada como totalidad-de-voz referencial.
El objetivo de la vida podría ser cualquiera. O más aún: no tendría por qué haber un objetivo. Bastaría con sobrevivir: para qué vivir, si el tiempo nos come y es mejor adelantarnos: matarlo nosotros mismos con nuestra pasividad, con nuestra inactividad. Por qué esperar a que la nada llegue como motivo de reflexión cuando podemos crearla a cada instante con nuestra propia inactividad.
Así, si la nada otrea al otro, a nosotros nos otrea nuestra propia nada particular. Podría decirse, siguiendo este decurso ontológico involutivo, que cada quien cargue la nada que necesite, la suficiente para negarse continuamente.
No es suficiente negarse a partir de una pregunta. La negación es contraria a la donación y a la misma posibilidad de extinción anticipada. Sólo basta un momento o un pensamiento que no sea totalmente ni momento ni pensamiento; es decir, que sea un no-ser en cada uno de ellos. Introspección hace mella decursiva cuando el discurso tiene sólo piel de palabras, pero huesos de ausencia de ser.
El camino que sigue la nada es el mismo que se recorre cuando se es ella misma, cuando uno es nada; fragmento total de «la nada» absoluta. Pero ¿cómo ser nada si se es alguien, es decir, si se es «ser»? No necesariamente por medio de la intención. En todo caso la aleatoriedad es lo que da descentralización, pérdida de ubicación, alejamiento de sí para difuminarse en un ser-en-otro. ¿Es lo que apunta Pessoa? ¿Una pérdida de ser en tanto que “nada es, [porque] todo se otrea”?
Inclusive si pudiéramos ver el camino que se sigue hacia la nada, estaríamos en condiciones de referir esa nada como un algo: como una meta. Por eso el camino se difumina, al mismo tiempo que lo hace el ser que se otrea. La nada entonces —se colige— no aparece porque siempre ha estado ahí, no sigue un camino porque el camino la haría desaparecer, no tiene objetivo porque si lo tuviera sería un algo en construcción. No, la nada no tiene nada de eso. La nada es el otro que no es porque no tiene contexto. Es el yo cuando mata al tiempo porque no hay un ser-ahí, sino sólo un alguien ocupando un lugar. Ni siquiera espacio, pues éste es referente simbólico de un ser que se asume en un tiempo específico. En suma, la nada es el periplo del otro que no es, a la nada que tampoco es.