La opinión no pedida
Carlos Manzo está muerto. Fue asesinado. Murió un ser humano, padre, esposo, hijo, nieto, hermano y tío. Murió un alcalde, un político y un líder. Murió un futuro gobernador y, en un contexto determinado, un futuro presidente.
Murió con valentía, por asumir riesgos y romper con lo tradicional. Hablaba clarito y directo, nada que ver con el discurso típico y hueco de eufemismos y superficialidades. Ese tono con acciones justicieras directas le acarrearon enorme simpatía popular.
Recadito: la honestidad de un gobierno se mide en su aparato de transporte y tránsito.
















