Culturaviernes, 17 de octubre de 2025
¿Cómo se celebra el Día de Muertos en Zinacantán, Chiapas?
El panteón y los hogares de Zinacantán se llenan de ofrendas, flores y rituales tsotsiles
Anette Tejeda / El Heraldo de Chiapas

Zinacantán, a menos de 20 kilómetros de San Juan Chamula, se viste de tradición cada 1 y 2 de noviembre para celebrar el Día de Muertos, una de las festividades más importantes de Chiapas. Este pueblo tsotsil mantiene vivos rituales que combinan respeto, espiritualidad y color, ofreciendo a locales y visitantes una experiencia única en los Altos de Chiapas.
El panteón de Zinacantán, ubicado a unos 3 kilómetros fuera de la zona urbana, en lo alto de una montaña rodeada de pinos, encinos y robles, se transforma durante estos días. Las tumbas se decoran con flores naturales, velas y adornos tradicionales, y se colocan refrescos, cerveza y agua embotellada para acompañar a las almas que regresan a visitar a sus familiares.
A diferencia de Chamula, el panteón de Zinacantán se caracteriza por su orden y silencio. Los rezadores recorren las tumbas pidiendo en su lengua tsotsil por el descanso de los difuntos, y los visitantes mantienen un respeto absoluto. No hay música, mariachis ni consumo de alcohol, lo que permite que tanto los habitantes como los turistas se sientan seguros mientras participan en la tradición.
La festividad tiene dos momentos principales: los rituales en los hogares y los que se realizan en el panteón. En casa, las mujeres, incluyendo niñas desde los ocho años, preparan las ofrendas sobre mesas de madera. Sobre ellas colocan frutas, flores de cempasúchil, dalias y geranios, además de platos con comida típica como caldo de pollo con repollo, café, atole agrio y carne de res ahumada. También se incluyen tortillas hechas a mano, sal, una copita de pox, fotos de los antepasados, veladoras e incensarios. Estas ofrendas buscan honrar a los difuntos y convertir sus almas en ancestros respetables que fortalecen los lazos familiares y comunitarios.
Además, se prepara un altar dedicado a San Antonio, con imágenes de santos y vírgenes, ramos de flores y sahumerios con copal, que guía a las almas durante su visita. Durante la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre, las familias permanecen activas preparando y decorando las ofrendas para recibir a los espíritus. Según la tradición, las almas salen del “lugar de los huesos ardientes” y visitan a sus familiares, retornando después a su descanso hasta el próximo año.
En el panteón, las familias llevan alimentos como elotes, chayotes, cañas, naranjas y plátanos, que se colocan en las tumbas junto con velas de cera y de cebo, simbolizando la guía de la divinidad y la presencia de los espíritus. Los mayordomos y sacristanes dirigen las ceremonias, acompañados de músicos tradicionales, y pasan de tumba en tumba rezando responsos en latín para pedir permiso a los guardianes de las almas.
Cada detalle de la celebración está lleno de significado. La orientación de las tumbas depende de la causa de muerte: los adultos fallecidos de forma natural descansan con la cabeza al oriente, mientras que los menores o quienes murieron de forma violenta se ubican al poniente. Posteriormente, las tumbas se cubren con juncias y pétalos de cempasúchil, uniendo la naturaleza con la espiritualidad.
El 2 de noviembre, se repiten los rituales y las familias llevan los alimentos al atrio de la iglesia para repartirlos entre la comunidad, mientras se retiran las ofrendas de las casas para protegerlas de los malos espíritus. Esta celebración muestra la riqueza cultural de Zinacantán y su profundo respeto por la vida, la muerte y las tradiciones que han acompañado a los chiapanecos por generaciones.