Culturajueves, 2 de febrero de 2017
ENTRE TEJAS
Monterrey, a la breve distancia de un suspiro
El Heraldo de Chiapas
LUIS ARMANDO SUÁREZ A.
entretejas1@hotmail.com

En mi destino próximo, muy próximo, está un viaje a Monterrey. Me llena de emoción porque de alguna manera me pone cerca de un tema entrañable en mi formación artística. La presencia de Alfonso Reyes que todo lo abarca en mi gusto por la literatura –visita obligada a la Capilla Alfonsina- y estar nuevamente en esos maravillosos museos que son el de Arte Contemporáneo de aquella ciudad: el Marco; el de Historia de México y la Pinacoteca de Nuevo León.
En estas estoy, recordando dos hechos extraordinarios en mi vida. El uno, haber estado junto con Nacho Padilla –quien lamentablemente se nos adelantó en el viaje al infinito- en aquella ciudad en ocasión de la conferencia que dio Carlos Fuentes en el recinto de la Cátedra Alfonso Reyes del Instituto Tecnológico de Monterrey allá por 2001.
Aquella vez Carlos Fuentes compartió a una nutrida concurrencia de jóvenes universitarios y académicos regios, entre quienes imaginaba ciertos novísimos escritores –así lo expresó-, una suerte de decálogo del escritor que desde la cúspide de su humilde actitud no quiso sino llamar “recomendaciones” a un joven escritor, como el poeta checo Rainer María Rilke lo había hecho una centuria atrás con sus “Cartas a un joven poeta”.
Sin pretender desplegar una prodigiosa memoria de mi parte, que no la tengo, me llegan algunas anotaciones que registré aquella tarde en el campus del Tecnológico de Monterrey–las comentamos largo rato a posteriori con Nacho Padilla cuando volvimos a vernos en el Colegio Nacional en el centro de la Ciudad de México –estaban también ahí en torno a la tertulia que se formó Xavier Velasco y el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez, a quien esa noche conocí con su muy pulcra y acicalada presencia de intelectual- durante una conferencia que dictó otro admirado escritor nuestro don Fernando Del Paso y en que estuvo Silvia Lemus, la compañera de Carlos Fuentes, convocados para uno de esos homenajes póstumos al autor de La Muerte de Artemio Cruz.
De entre aquellas anotaciones que realicé aquella prodigiosa tarde cuando impartió la cátedra Alfonso Reyes, Carlos Fuentes mencionaba como sugeridos pasos a seguir para los noveles escritores: la disciplina –citó su propio ejemplo sumamente metódico y las horas que dedicaba diariamente a la escritura en sus mañanas londinenses que se prolongaban por más de 6 horas, cosa que no podía hacer en México por su intensa vida social con intelectuales, familia, gente de la prensa y de la academia-; otros puntos lo eran leer abundantemente; conocimiento de la tradición para que haya creación, puesto que no hay creación si no se sustenta en la tradición; tener muy claro que la realidad literaria no se limita a reflejar la realidad objetiva y por ello es indispensable la imaginación; tener conciencia de la Literatura y el tiempo puesto que la historia se subordina a la literatura porque la historia es incapaz de verse a sí misma sin el lenguaje y citó a Benedetto Croce con su idea del popolo entero poeticante –el pueblo creador-; no perder de vista que una vez publicada la obra deja de serlo del autor y se convierte en objeto del lector y de la crítica, es decir, la emancipación de la obra de su propio autor; no dejarse seducir por el éxito inmediato ni por el cortejo de la inmortalidad; la posición social del escritor en el presente le impide sustraerse a la posición política –un tema muy debatido respecto a la función social del arte-.
En virtud de que este interesante “manual del escritor novel” que nos legó Carlos Fuentes y que no quedó plasmado en obra ninguna del novelista mexicano consideré pertinente compartirlo en esta ocasión aunque fuese de manera sucinta. Para algún lector –si pensamos optimistamente- podría significarle una semilla fértil en su propia milpa.
El otro suceso que me provoca gran emoción de mi próxima visita a Monterrey es la posibilidad de estar en la Capilla Alfonsina –donde se resguarda la mayor parte de la biblioteca de don Alfonso Reyes- que se encuentra en la Ciudad Universitaria de la Universidad Autónoma de Nuevo león.
Revolotea en mi memoria aquella mañana de octubre de fines de 1990 en que desde su cátedra en una de las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM el escritor Hugo Hiriart, quien acababa de convertirse en una celebridad -caprichos de la mercadotecnia- por aquel libro suyo Vivir y beber (más con esse título que con su prodigiosa Disertación sobre las telarañas) nos espetó el siguiente reto para mejor cursar la materia que nos impartía en el último semestre de la carrera de Letras Hispánicas: el que leyere las obras completas de Alfonso Reyes tendría la mejor calificación del semestre.
Yo traía ya conmigo desde el primer año de la preparatoria una afición particular y una admiración suprema por la obra de Reyes gracias a la lectura de un libro que compré en la librería universitaria ubicada en la explanada de Rectoría, en la ciudad Universitaria del entonces Distrito Federal: una antología de Alfonso Reyes en edición de los cuadernos universitarios de la UNAM. Alguna ocasión en que acudí a cobrar el giro telegráfico que me enviaban mis padres desde Comitán –tiempos difíciles en que no contábamos aún con los actuales servicios bancarios de transferencias y demás actualidades- he de haber pasado orondo de orgullo a comprarme aquel libro que sentó los inicios de mi afición no sólo por Reyes sino inclusive mi incipiente “afición por Grecia”.
Así que cuando Hugo Hirirart tuvo la ocurrencia de retarnos a la lectura de las obras completas de Reyes, yo iba ya a la mitad de las editadas por el Fondo de Cultura Económica, que en aquel entonces se conformaba de los primeros 24 tomos, 22 de los cuales habían sido organizados, prologados y minuciosamente presentados para su edición por ese acucioso humanista nicaragüense que fue don Ernesto Mejía Sánchez, a quien de tarde en tarde veíamos entrar por los pasillos de la facultad dialogando con Miguel Leon Portilla, Sergio Fernández, Leopoldo Zea o Huberto Batis, antes de tomar el ascensor que lo condujera al octavo piso de la torre de Humanidades donde se encontraba su cubículo. Los tomos del 23 al 24, a la muerte de Mejía Sánchez, le fueron conferidos bajo su responsabilidad para continuar la labor del guatemalteco a ese otro gran editor y humanista que fue don José Luis Martínez.
Recuerdo que en aquel entonces se prometía en una reseña de alguna revista –probablemente Vuelta-, o en la misma revista de Filología Hispánica – no lo recuerdo perfectamente-, la inminente publicación de las memorias de don Alfonso, lo cual –lector imberbe pero curioso impertinente como lo era- me tenía con la mirada puesta en la aparición de tan maravillosa obra.
No fue sino hasta muchos años después en que pude adquirir esas memorias, como parte de las obras completas de A.R., en una Feria del Libro del Palacio de Minería a un desmesurado costo que si hubiere aparecido en mis épocas de estudiante hubiera sido inalcanzable para mi bolsillo, aunque si he de ser sincero, ahora pese a los años transcurridos no me resultó tan fácilmente accesible en cuanto a su costo –.
He aquí los resortes que me mantienen en vilo ante este inminente y estimulante viaje que realizaré a Monterrey –gente somos del Sur pero la brújula sigue tirando hacia el Norte- y que para cuando salga publicada esta colaboración ya habré concluido seguramente y habré vuelto a tierras chiapanecas con nuevas experiencias depositadas en los bolsillos que vamos llenando paulatinamente a lo largo de una vida.