Manatí de Catazajá: la defensa de una especie que sostiene la vida del humedal
La preservación de la también llamada vaca marina en el norte de Chiapas no es solo una tarea ambiental, es una estrategia de supervivencia ecológica y social
El equipo está conformado por especialistas de distintas disciplinas, entre ellos biólogos, ecólogos, bioquímicos y médicos veterinarios, además de estudiantes universitarios que realizan servicio social y prácticas profesionales.
“El lirio provoca una problemática social y económica porque afecta la pesca. El manatí funciona como un controlador de esta especie invasora y eso incide directamente en la economía de las comunidades”, explica García Herrera.
Educación ambiental: la otra mitad del trabajo
Aunque el problema no está controlado, la concientización ha permitido reducir prácticas que favorecen su propagación e incluso encontrar usos alternativos, como la elaboración de harina para alimentación animal.
Grecia Guadalupe, de 30 años, fue vista por última vez la noche del 12 de abril; autoridades investigan el caso como desaparición cometida por particulares
Alrededor de 60 y 70 ejemplares habitan y transitan actualmente por el Sistema Lagunar de Catazajá / Agencia EFE
En el norte de Chiapas sobrevive una de las poblaciones de manatí más importantes del sureste mexicano. Se estima que entre 60 y 70 ejemplares habitan y transitan actualmente por el Sistema Lagunar de Catazajá, un complejo de humedales conectado al río Usumacinta que, desde hace décadas, se ha convertido en un refugio clave para esta especie. Su preservación no solo implica salvar a un mamífero acuático en riesgo, sino mantener el equilibrio ecológico, económico y cultural de un territorio históricamente definido por el agua.
El manatí, una especie que ha coexistido con las poblaciones humanas desde tiempos prehispánicos, enfrenta amenazas derivadas de la modificación de su hábitat, las prácticas humanas y la presencia de especies invasoras. Frente a este escenario, científicos, autoridades ambientales y comunidades locales han construido un modelo de conservación que combina monitoreo biológico, rescate, vigilancia y educación ambiental.
Catazajá se localiza en la región norte de Chiapas, colinda al sur con el municipio de Palenque y al norte con el estado de Tabasco. Se encuentra a una distancia de 298 kilómetros de la capital chiapaneca y forma parte de la cuenca baja del río Usumacinta.
Su identidad territorial está ligada a un sistema lagunar que, hasta principios de la década de 1990, mantenía ciclos naturales de estiaje e inundación cada seis meses. Estos ciclos regulaban el ecosistema y definían las actividades productivas de la población.
El cronista municipal Julio César Díaz explica que esta dinámica respondía a una lógica ancestral. “Antiguamente esta laguna tenía su proceso de seca y creciente, a eso se le atribuye el término maya: aguas que vienen y aguas que van”, señala. Hasta 1992, la laguna mayor se inundaba y se secaba de manera alternada, permitiendo que durante la temporada seca se desarrollaran actividades ganaderas y agrícolas, mientras que en temporada de agua la pesca se convertía en la principal fuente de sustento.
“La población se dedicaba semestralmente a la pesca y semestralmente a la ganadería. Aquí pastaban miles de hectáreas de ganado bovino y lanar, además de aves. Era la actividad económica de la región: pesca, comercio, ganadería y agricultura”, recuerda el cronista.
La construcción de un dique modificó de manera definitiva ese comportamiento natural. El agua quedó retenida de forma permanente y el ciclo de estiaje desapareció en la laguna mayor. “Llegó el momento que se le colocó un dique y ya el agua quedó cautiva”, explica Díaz. Este cambio alteró el ecosistema y afectó a diversas especies que dependían de las zonas de seca, entre ellas aves migratorias.
Los manatíes son una especie en peligro de extinción, amenazada por la pérdida de hábitat / Cortesía SEMANHN
Durante décadas, miles de aves provenientes de Canadá, Estados Unidos y Alaska utilizaban la región como estación de descanso durante su ruta hacia Sudamérica. “En épocas de seca teníamos la estación de miles de aves que venían del norte del continente, descansaban, comían, se retroalimentaban y seguían rumbo a la Patagonia”, relata el cronista. Con la inundación permanente, esa base de descanso desapareció en la laguna mayor, aunque otros cuerpos de agua del sistema lagunar aún conservan esos ciclos naturales.
Además de su importancia para las aves, el sistema lagunar de Catazajá alberga una especie que se ha convertido en símbolo ecológico del municipio: el manatí. “El manatí siempre ha estado aquí, llegó antes que nosotros”, afirma Julio César Díaz, al referirse a la relación histórica entre la especie y el territorio.
Durante años, esta convivencia estuvo marcada por el conflicto. Antes de contar con protección legal, los manatíes morían atrapados en redes de pesca, golpeados por motores de embarcaciones o incluso agredidos de forma directa. “Había quienes los agredían con machetes, balazos o quedaban varados en mallas pescadoras”, reconoce el cronista. Con el tiempo, la concientización y la protección legal transformaron esa relación.
La intención del Centro de Atención para el Manatí en Catazajá es la atención, rehabilitación y liberación, no es un lugar para exhibición / Cortesía PROFEPA
El punto de quiebre ocurrió en 1995, cuando una sequía extrema dejó varados a 19 manatíes en la laguna San Juan. Los ejemplares quedaron atrapados en el lecho sin posibilidad de desplazarse. Para evitar su muerte, habitantes y ecologistas se organizaron y los trasladaron a la laguna mayor de Catazajá. Ese mismo año se declaró oficialmente el Santuario del Manatí, marcando el inicio de una estrategia de conservación formal.
Actualmente, la preservación del manatí se sostiene en un trabajo técnico y científico permanente. El Proyecto de Conservación del Manatí en Chiapas, activo desde 2007, coordina acciones de monitoreo, vigilancia y rescate en el norte del estado.
José Luis García Herrera, coordinador regional del proyecto, explica que las actividades comienzan con recorridos en el agua. “Realizamos recorridos de monitoreo biológico con el fin de llevar un conteo y tratar de estimar la abundancia de la población de manatíes que existe aquí en el norte de Chiapas”, señala.
Desde 2007 existe el proyecto Conservación del Manatí en Chiapas / Cortesía SEMAHN
A estos recorridos se suman labores de vigilancia acuática para detectar cualquier actividad que pueda poner en riesgo a la especie. “Buscamos malas prácticas de pesca o actividades en áreas donde están restringidas”, explica. Durante la temporada de estiaje, algunos manatíes pueden quedar aislados en cuerpos de agua con niveles bajos, por lo que se activan protocolos de rescate para liberarlos en zonas seguras.
El proyecto también contempla el rescate de crías huérfanas. “Muchas veces no se sabe qué pasó con la madre, entonces el procedimiento es rescatarlas, llevarlas al centro de conservación, rehabilitarlas y liberarlas cuando ya son aptas”, detalla García Herrera.
La preservación de la especie permite mantener el equilibrio ecológico, económico y cultural de un territorio / Cortesía SEMAHN
La población de manatíes en Catazajá no es estática. Varía de acuerdo con las temporadas de inundación y estiaje. Durante la creciente, los cuerpos de agua se conectan a través del río Usumacinta, lo que permite que algunos ejemplares se desplacen a otros sistemas lagunares y que otros lleguen a la zona. Aun así, se mantiene un estimado de entre 60 y 70 manatíes en el norte de Chiapas.
Más allá de su valor como especie en riesgo, el manatí cumple una función ecológica fundamental. Su dieta incluye grandes cantidades de lirio acuático, una planta invasora que puede cubrir por completo los cuerpos de agua, impedir la entrada de luz y afectar la reproducción de peces. Al consumirlo, el manatí actúa como un regulador natural del ecosistema.
Las acciones de concientización se realizan en comunidades, escuelas, cooperativas pesqueras y con distintos actores sociales de los municipios de Catazajá y La Libertad. Muchas personas desconocían que vivían dentro de un área natural protegida, por lo que el trabajo se enfoca en explicar la importancia ecológica y cultural del manatí y de las especies que habitan el sistema lagunar.
Entre las amenazas persistentes se encuentra el pez diablo o plecostomus, una especie invasora originaria de Sudamérica. Este pez desplaza a especies nativas, consume huevecillos y erosiona las orillas al construir madrigueras. “No hablamos de uno o dos ejemplares, hablamos de miles de peces diablos que generan un impacto fuerte”, explica Xóchitl López.
Cuidar al manatí implica cuidar todo el ecosistema. Su conservación genera un efecto de especie sombrilla: al proteger su hábitat, se protege también a otras especies que habitan el sistema lagunar y que se encuentran en riesgo. En Catazajá, la preservación del manatí se ha convertido en una estrategia de largo plazo donde la ciencia, la comunidad y el territorio convergen para mantener con vida uno de los humedales más importantes del norte de Chiapas.