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El republicano José Antonio Kast será finalmente el próximo presidente de Chile tras haber derrotado—y, arrasado electoralmente— a la candidata comunista Janette Jara. Su victoria no solo fue abrumadora en términos porcentuales, con cerca del 60% de los votos —unos veinte puntos de ventaja—, además Kast se impuso en todas las regiones del país.
Sin embargo, más allá del eufórico clima que rodea al vencedor, es muy probable que los chilenos hayan querido transmitir otro mensaje que Kast no debería pasar por alto: el deseo de volver a crecer, de recuperar el dinamismo económico y los avances sociales que marcaron las décadas más prósperas del país. La memoria colectiva sigue asociando el progreso a los años en que la pobreza se redujo de forma drástica, impulsada por políticas económicas que ampliaron la libertad económica.
En 1985, Chile emprendió profundas reformas que ampliaron significativamente la libertad económica, cuando el país aún ocupaba el puesto 60 en el ranking internacional. Para 2012 ya había ascendido al octavo lugar, un avance extraordinario que acompañó la casi total erradicación de la pobreza extrema. Sin embargo, este impulso comenzó a perder fuerza a partir de 2014, coincidiendo con el segundo gobierno de Michelle Bachelet, y hoy Chile se sitúa en el puesto 26 entre 165 naciones. La reforma laboral de esa administración —contribuyó a frenar la productividad.
Los datos del WDI confirman la magnitud del cambio: entre 1985 y 2014, Chile creció a una tasa anual promedio del 4,2%, y el PIB per cápita se triplicó. Pero durante los últimos once años, aproximadamente desde el inicio del segundo gobierno de Bachelet, la renta per cápita apenas ha aumentado un 9,7%, con un crecimiento anual promedio de sólo 0,93%. En términos prácticos: Chile dejó de crecer.
Frente a este panorama, uno de los mayores desafíos del futuro presidente será relanzar el crecimiento económico. En este sentido, su programa avanza en una dirección razonable: fortalecer la participación del sector privado, reducir cargas fiscales y regulatorias. Para lograrla, Kast deberá mejorar sustancialmente los niveles de libertad económica.
Pero existe otro riesgo que Kast debe evitar: la tentación de gobernar en busca de aplausos fáciles del populismo de ultraderecha, desviándose así de las reformas profundas que el país realmente necesita. Si su administración se enreda en batallas simbólicas estériles —como arremeter contra los refugiados venezolanos en lugar de atender los desafíos estructurales—, Chile no recuperará el dinamismo que en su momento lo convirtió en referente regional. Peor aún, un fracaso en materia de crecimiento no solo allanaría el camino para el retorno de la izquierda al poder, sino que supondría una traición a las expectativas de los chilenos que han depositado en él la esperanza de una recuperación real y duradera.