En rueda de prensa, el Coronel Juan Ortíz señaló que este es el último escalón de reclutamiento del año, destacando que los conscriptos podrán liberar su cartilla en un plazo menor al habitual
María Antonieta Pérez aseguró que la población está inhalando partículas contaminantes de entre 10 y 2.5 micrómetros, las cuales, al ingresar al organismo, se alojan en los pulmones y provocan problemas de salud
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Salir del aeropuerto de Chihuahua fue el inicio de una travesía que desde el primer instante prometía convertirse en un recuerdo imborrable. El primer tramo hasta Ciudad de México, aunque corto, se sintió como la puerta de entrada a algo más grande. En el aeropuerto capitalino, entre conexiones y cafés apresurados, la expectativa crecía. Monterrey fue una breve escala, pero en el silencio del avión y la mirada por la ventanilla mientras se oscurecía el cielo, comenzó a sentirse la lejanía del destino.
Volar hacia Narita fue otra historia: una experiencia de resistencia física y mental. Horas volando sobre el Pacífico, comiendo arroz con pollo servido en bandejas metálicas, intentando dormir encogido, moviéndonos, estirándonos, en fin. Al llegar a Tokio, el primer encuentro con la eficiencia japonesa fue inmediato: señalizaciones claras, limpieza impecable y una amabilidad casi desconcertante. Con una sonrisa y un leve asentimiento de cabeza, una empleada del tren bala nos indicó cómo llegar a Osaka, lo cual, con tantas maletas y apenas entendiendo el sistema, se sintió como un logro monumental.
Ya en Osaka, el primer paseo fue hacia uno de los mercados cubiertos, esos que parecen laberintos vivos. Caminar por los pasillos repletos de pescados brillantes, frituras humeantes y gritos suaves en japonés fue una fiesta de bienvenida. Todo era nuevo, ordenado, lleno de pequeños detalles: el empaque delicado de cada fruta, los letreros caligráficos, los rostros atentos pero jamás invasivos.
Al día siguiente, una caminata por los templos principales de Osaka nos llevó por caminos flanqueados de cerezos en flor. El aire olía a pétalos y tierra húmeda, y el contraste de lo antiguo con lo vivo resultaba fabuloso. Un estudiante veracruzano que cursaba su doctorado allá nos hizo de guía. Su español lleno de expresiones japonesas y comentarios culturales nos hizo conocer los ancestros culturales del pais, y sus anécdotas sobre adaptación cultural nos abrieron otra ventana al Japón cotidiano.
La jornada siguiente fue larga, salimos en autobús a Nara, Kyoto y una tercera ciudad cuyo nombre escapaba entre tantas nuevas palabras. Acompañados por un guía originario de Puerto Vallarta, recorrimos templos majestuosos, estatuas milenarias y jardines donde cada piedra parecía colocada con intención. Fue una caminata intensa, pero cada paso traía algo digno de admiración: la disciplina del silencio en los templos, la simetría en los jardines zen, y la constante sensación de estar en un lugar donde lo antiguo no solo se respeta, sino que se vive.
Así fue cómo Japón, desde los trayectos más largos hasta los gestos más pequeños, dejó una huella indeleble: la de un país donde la belleza está en los detalles y el respeto por el otro se respira en cada esquina. Asi pasaron nuestros primeros días en ese país lleno de maravilla, orden y limpieza. Un detalle importante en esta primera etapa del viaje el disfrutar de los cerezos en flor , un espectáculo que se vive por poco tiempo en esta época del año. Vamos a ver que nos depara las siguientes visitas en este país, hasta hoy, monumental.