Algunas películas pasadas, mexicanas o extranjeras, dan pie a reflexionar sobre situaciones que ocurrían -ocurren aún- en el ámbito de las relaciones de los pretendientes, los enamorados, hombre y mujer, de los novios o los casados. Situaciones diferentes según el caso, pero que siguen pasando hoy a pesar de consejos, precauciones, señalamientos o estudios.
Un filme nacional anota el que los padres de una joven le indiquen con qué pretendiente le conviene casarse, dada su posición social. La muchacha se enamora de otro, y muy lejos están sus pensamientos y su corazón de quien la pretende. Por amor y respeto a su padre accede, bajo una intensa presión emocional y psicológica, a casarse con él tal pretendiente aun amando al otro. Las consecuencias son desastrosas con un falso matrimonio y un esposo violento y golpeador, y dejando roto el corazón de su amor juvenil, y a los padres rumiando su error.
Y decimos falso porque la libertad para desposarse no existió. Si en el matrimonio civil resulta sumamente importante esa libertad, en el ámbito religioso no se diga. ¿Han venido ustedes aquí a casarse libremente, sin que nada ni nadie los presione?, se pregunta a los novios. Y si la libertad no existe, si hay presiones de cualquier tipo sobre los casi cónyuges, el matrimonio casi seguro es inválido.
Otro hecho en la citada película es común en muchas más. Al esperar la mujer un hijo, la reacción del hombre es, con esas u otras palabras: “ya nos cayó el chahuistle”, o “los hijos son un estorbo”. Y se busca el modo de que el nacimiento no se produzca, con o sin -lo más probable- el consentimiento de la mujer.
Otra película, de la vieja Europa, maneja, casi con maestría, otra situación. Una pareja de hombre y mujer casados o juntos, que, al paso de los días, meses o años, pierden el encanto primero. Van caminando acompañados por la vida, pero la atracción y el amor se difuminan, se vacían. El hombre con sus pensamientos e intereses puestos sobre su trabajo, sobre sí mismo o su mirada puesta en otras cosas, incluso en otra mujer, descuidando a su pareja, sintiéndola como alguien que lo sigue, pero no verdaderamente como su mujer. Ella, que a momentos quiere y busca que el hombre se fije en ella, va perdiendo el interés y busca en paseos, reflexiones o el contacto con otros hombres, aunque sea superficialmente, el cariño que una alguna vez floreciera en su interior. Y, como expresa una canción, el amor acaba. Estamos juntos, pero ni tú me quieres a mí, ni yo te quiero a ti.
Esa situación, por desgracia, con distintos matices, no está muy lejos de la realidad, y puede conducir al hastío, la desesperanza o al divorcio. Por ello es conveniente, desde el primer día, fomentar el amor, no esperar que viva y crezca sin poner de nuestra parte. ¿Lo ven?