En 1959 se efectuó la Declaración sobre los Derechos del Niño, y veinte años después en 1979 era declarado por las Naciones Unidas como Año Internacional del Niño. Desde entonces la situación general de los niños en el mundo no ha mejorado gran cosa, a pesar de que la conciencia de sus derechos y la convicción de que son personas han aumentado.
El 30 de abril celebramos en nuestro país el Día del Niño (término incluyente de niños y niñas), y todo el mes se dedica a los infantes. Cierto es que la reflexión sobre los problemas infantiles, las iniciativas para la defensa de sus derechos y para motivar su realización han aumentado, así como han madurado los estudios sobre el entorno de los pequeños y las acciones para mejorar su calidad de vida; pero, a la par, la realidad cotidiana de muchos pequeños desborda los planteamientos e inhibe las acciones.
Lo más triste es que el último día de este mes se convierta solamente en una fecha más de festejos en el calendario. Piñatas, pasteles y payasos, representan tres “P” que quizá hagan felices a los pequeñines por un rato. Qué bueno, pero no basta. Para muchos niños -por desgracia- cada vez más hace falta otra “P” más estable que apoye y guíe su vida: la de papá.
El aumento de madres solteras, de matrimonios deshechos por el divorcio o la separación, de abandonos, de conflictos familiares diversos es impresionante. A ello se suman el uso de aparatos tecnológicos desde la edad temprana, que distraen la atención de los infantes y su comunicación más efectiva con su entorno familiar y social, así como, en no pocos casos, la ausencia o tergiversación de valores fundamentales.
Los niños requieren de un ambiente familiar sano y equilibrado. Cualesquiera que sean las críticas que se hagan a la organización familiar, es evidente y ya indiscutible, que sin ella, sin la inserción en una familia, muy difícilmente los niños podrán resolver plenamente el sentido de su personalidad.
El niño tiene derecho a una familia, no solo a una mamá. ¿Cuántos de nuestros niños podrán sentirse satisfechos y felices al exclamar papá? Ojalá que frente a un mundo de piñatas, pasteles y payasos, sepamos luchar cada día por la unidad familiar y el entendimiento conyugal, y valoremos la presencia de esa otra “P”. ¿Lo ven?