La mesa vacía y el corazón lleno
Diciembre siempre ha sido un mes especial. En él celebramos que nos fue dado el Hijo del Padre: el nacimiento del niño Jesús, la reconciliación de Dios con la humanidad, no por mérito nuestro, sino por gracia y amor infinito.
Lo escribí hace algunos años en una columna decembrina: mi tía Alma suele recordarnos la enorme importancia de la Navidad, incluso para quienes no se asumen creyentes. El mundo, de alguna forma, se detiene en torno a ella.
Para estas fechas, mi Tenchini y yo ya estaríamos en “modo Navidad”. Decorar juntas, pensar los regalos, preparar la cena, compartir charlas y oraciones. Todo. Mi persona, mi compañera, mi cómplice, mi columna vertebral, mi mejor amiga: mi madre.
Esta Nochebuena su presencia corporal no estará en la mesa. No escucharé sus regaños ni sus consejos para cocinar. Tampoco esas conversaciones que iban de lo más simple a lo más profundo.
Que el nacimiento de nuestro Señor nos lleve a un renacimiento espiritual. Que riamos más, bailemos más, respetemos más y florezcamos, como el romeo de mi madre que, de estar al borde de la muerte, hoy rebosa vida.
Qué esta noche buena, compartan y amen, que su cena sea deliciosa, abundante y su corazón dispuesto a celebrar la Navidad, pero sobre todo que nunca le falten motivos para sentir el corazón lleno.
Mis mejores deseos y un abrazo apretado.














