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Análisisjueves, 9 de abril de 2026

Trump grita, México ajusta

Durante días, Donald Trump hizo lo que mejor sabe hacer: amenazar. Esta vez fue contra Irán, y lo hizo con tal intensidad que hubo quien comenzó a preguntarse si hablábamos de estrategia o de arrebato.

El desenlace, otra vez, fue profundamente predecible.

A minutos de que venciera su propio ultimátum, ese que él mismo había inflado hasta niveles apocalípticos Trump decidió otorgar una tregua. Otra más. Irán no desapareció, la amenaza, sí

No es un hecho aislado. Es un patrón, Trump amenaza como si no hubiera mañana, pero negocia como si el mañana le diera miedo, algunos países ya lo procesaron, otros, como México parecen seguir atrapados en la primera impresión.

Porque mientras hay quienes han aprendido a empujar de vuelta, aquí seguimos perfeccionando una disciplina muy mexa: ceder antes de que nos pidan demasiado.

México ha venido aceptando condiciones que, en cualquier otro momento, habrían generado al menos un debate serio. Cambios en la política de seguridad, decisiones migratorias incómodas, concesiones económicas… todo bajo la lógica de evitar un conflicto mayor.

La pregunta es: ¿mayor para quién?

Dentro del equipo mexicano hay una idea que se repite en voz baja, pero que define todo: que no hay margen. Que Estados Unidos es demasiado poderoso. Que resistir es inútil.

Curiosa conclusión para un país que comparte la cadena de suministro más importante del mundo con su supuesto adversario.

Porque la realidad —incómoda, pero verificable— es que Trump no es especialmente bueno cumpliendo amenazas. Lo suyo es otra cosa: escalar, tensar, dramatizar… y después retroceder cuando el costo se vuelve tangible.

Lo hizo Irán al tocar rutas estratégicas. Lo hizo China al jugar con recursos críticos. Lo hizo incluso Brasil, encareciendo productos sensibles para el consumidor estadounidense.

Pero México no. México observa. México concede. México “evita riesgos”.

Como si no hubiera ninguno en la pasividad.

El problema no es sólo de carácter, sino de diagnóstico. Se ha instalado la idea de que lo que conviene a Washington automáticamente conviene a México. Y no.

Hay formas de integrarse que generan riqueza y hay formas de integrarse que generan dependencia. No distinguir entre ambas es una forma elegante de renunciar a decidir.

Peor aún: hay decisiones que se toman en nombre de la “buena relación” que, en realidad, reducen el margen de maniobra. Compartir información estratégica, por ejemplo, puede ser cooperación… o puede ser, regalar fichas antes de sentarse a la mesa.

Depende de cómo —y para qué— se haga.

Si el mensaje es que México nunca tensará la cuerda, entonces la cuerda sólo va a tensarse de un lado.

Y en política, no saber cuánto vales puede salir igual de caro que creerte invencible.

Por: Gael Haziel Molina Hernández

@gaelhaziel

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