El multilateralismo contemporáneo se configuró como uno de los pilares del orden internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial. Su objetivo central fue limitar el uso unilateral de la fuerza, canalizar los conflictos mediante instituciones comunes y construir consensos mínimos que permitieran la coexistencia pacífica entre Estados con intereses diversos. La creación de la ONU representó el punto más alto de esta aspiración: un sistema basado en normas, cooperación y responsabilidad colectiva.
No obstante, desde finales del siglo XX y con mayor intensidad en el siglo XXI, el multilateralismo ha entrado en una fase de deterioro estructural. Violaciones sistemáticas de los derechos humanos, crisis financieras, conflictos armados prolongados, emergencia de potencias regionales y el resurgimiento del unilateralismo han puesto en evidencia las limitaciones del sistema. En este contexto, el caso venezolano no es un fenómeno aislado, sino una expresión de la crisis del orden multilateral: un conflicto interno con profundas repercusiones regionales, abordado mediante decisiones unilaterales, selectivas y, en muchos casos, al margen de consensos internacionales.
El papel de Estados Unidos resulta central para comprender esta crisis. Históricamente, Washington fue uno de los principales arquitectos del multilateralismo liberal; sin embargo, en los últimos años ha mostrado una tendencia creciente a desvincularse de los marcos institucionales cuando estos limitan su margen de maniobra. Tan sólo pocos días atrás, EE.UU. anunció su retiro de más de 60 organizaciones internacionales, convenciones y tratados “por no servir a sus intereses”.
Esta lógica se ha manifestado con claridad en su política hacia Venezuela. Las sanciones económicas, el reconocimiento selectivo de autoridades políticas y la presión diplomática ejercida fuera de mecanismos multilaterales han contribuido a erosionar aún más la legitimidad del sistema internacional. El fracaso del multilateralismo no debe entenderse únicamente como un problema de diseño institucional, sino como una crisis de voluntad política. Los organismos internacionales carecen de eficacia no porque sean irrelevantes, sino porque los Estados han dejado de apostar por ellos como mecanismos centrales de gobernanza global.
El caso venezolano -como muchos otros en el mundo- ilustra con claridad cómo mientras se multiplican los discursos en favor de la legalidad internacional y la paz regional, las decisiones clave se toman de forma unilateral debilitando aún más el sistema que se dice defender. La incapacidad de los organismos internacionales no es accidental, sino consecuencia directa de un orden mundial que ha renunciado a la cooperación como principio rector y reducido la responsabilidad internacional a simple retórica.