El enfermero asesino (parte II)
Crónica ganadora del XIV Estatal de Periodismo "José Vaconcelos" organizado por el Foro de Periodistas de Chihuahua
El señor Gazolaz abrió los ojos y miró el color blanco del techo de su habitación. Un cambio de ángulo visual le permitió ver a Mollinedo al pie de la cama, como la Muerte le anunciaba al Macario de Bruno Traven que el enfermo se salvaría.
Su socio se percató de la reacción, y lo miró con una expresión de alivio combinada con una negación que sin palabras le decía: “vaya susto que nos metió” o “como no se cuide, no vuelve a abrir los ojos”.
“Espero que pronto recobre las condiciones para atender nuestros asuntos de trabajo, amigo”, Mollinedo pareció adivinar lo que pensaba. “Entre tanto, yo me haré cargo, pero quedo como siempre a sus apreciables órdenes”.
“¿Cuánto tiempo perdí el sentido?”, concluyó el enfermo. “¿Minutos? ¿Horas?”
“Pues resultó enfermero de la Unidad 58 del IMSS en Saucito”, su averiguación había empezado mal. “Y le atribuyen más crímenes por venta de plazas. El móvil que investiga la Fiscalía General del Estado es la venta de plazas laborales en el Seguro”.
“Entonces, ¿cuáles son los crímenes que se le atribuyen?”, maldijo por dentro “haberse ido” tanto tiempo. Perdió demasiada información que, para lo que estaba ya pensando, podía ser vital.
“No sé si recuerde a una dama, trabajadora del Seguro Social también: Laura Soto. Ella era asistente clínica de la Unidad de Medicina 2 de Nombre de Dios”.
“¿No me diga que Ceballos aparece como implicado directo en ese crimen?”, su pregunta era completamente retórica.
El “tepache se regó” cuando Soto comentó con algunos interesados en ingresar a laborar al IMSS el contacto que hizo con Ceballos, a quien le dieron dinero. Según estimaciones de testimonios, a través de la mujer se le entregaron al imputado unos 600 mil pesos.
Escuchando todo aquello, Gazolaz no pudo evitar que su corazón comenzara a acelerar su ritmo. Sabía que no le convenía seguir escuchando pero, ¿y si tenía al enemigo en su propia casa? Necesitaba saber más del modus operandi del implicado.
“Usted habló de crímenes… en plural”, animó a su socio evitando tragar saliva.
Un espacio ubicado en el Parque Hundido de El Palomar fue el convenido para hacer el acuerdo y entregar el dinero. En dos ocasiones, Díaz fue acompañado por su madre, pero luego Ceballos lo convenció de ir solo.
Como con Soto, Jorge le daba largas a Hazael, argumentando tortuguismos en los trámites. Para que no se impacientara, le entregó un documento con firmas de jefes de departamento del IMSS que acreditaba que estaba siendo contemplado como aspirante al puesto solicitado.
A cambio de más dinero le hizo llegar un documento oficial con firmas y sellos de la Clínica 58, donde se le practicaban los exámenes médicos a la futura víctima para mostrarle que ya estaba apto para trabajar, con todo y sello de cédula del médico declarándolo así.
Fue la última vez que se supo de él. Más tarde la familia fue enterada de que Hazael Díaz Jáquez había sido asesinado a bordo de un auto Jetta color gris en el parque Hundido, justo donde lo citaba el presunto enfermero asesino.
“Entonces”, interrumpió. Ya había escuchado demasiado, “¿usted cree que Ceballos sea culpable?
“Claro, como que Uruguay y Brasil chocarán en las semifinales del mundial ruso. Las evidencias encontradas en la escena del crimen, envoltorios de droga, que hacen pensar en el crimen organizado son meros despistes”.
Para él, todo estaba claro: un modus operandi que resaltaba que el criminal se ganaba la confianza de las víctimas (jamás acudieron forzadas al lugar del asesinato, no mostraron huellas de violencia y jamás se percataron de correr peligro).
Tan inmerso en sus pensamientos se quedó el convaleciente, que ni siquiera reparó en el momento en que se quedó sólo en su habitación. Retomó la conciencia cuando se acordó de Carey… y que su enfermero tenía vía libre por toda la casa.
Por poco se infarta cuando, al dirigirse a la pieza de su mujer, se lo topó de frente. Vino entonces uno de esos momentos de silencio incómodo en que sólo hay un cruce de miradas, y que sólo fue roto por el empleado.
“¿Va usted a ver a la señora? No se lo recomiendo. La verdad es que con lo que le pasó a usted se ha sentido un poco indispuesta, con una enorme jaqueca. Me tomé el atrevimiento de darle un analgésico y recomendarle reposo. Ya debe estar dormida”.
El dueño de la casa quiso ir a corroborar lo anterior. ¿Qué tal si en vez de dormida ya estaba muerta? Pero tampoco quiso pecar de paranoico y decidió confiar en el enfermero, cuyas facciones, quién sabe si por sugestión, se parecían mucho a las del acusado.
“Está bien…”, concedió con desgano.
“De hecho, yo me dirigía a su habitación a entregarle su pastillero”, se lo mostró, “y, si no se le ofrece otra cosa, solicitarle su permiso para retirarme”.
“No, está bien”, repitió como autómata. “Gracias por todo”.
“A ustedes por la confianza que me tienen”, respondió, y al darse la media vuelta completó en un tono que a Gazolaz le pareció macabro. “Es difícil ganársela en estos días”.
Nada más escucharlo, el dueño de la casa sintió como una gota de sudor frío (otro de los síntomas previos a un infarto) le recorría por la espina dorsal…
























