El enfermero asesino (parte III)
Crónica ganadora del XIV Estatal de Periodismo "José Vaconcelos" organizado por el Foro de Periodistas de Chihuahua
Salvador Moreno Arias
En cuanto el enfermero salió ya no de su casa, sino de su ángulo visual, Gazolaz se dirigió lo más rápido que pudo (tampoco era cosa de agitarse, por su corazón) a la habitación de Carey. La encontró dormida… o eso parecía.
Pensó en ponerle un espejo casi pegado a su nariz, como se hace en las películas, para comprobar que respiraba cuando abrió los ojos. Suspiró con alivio, aunque este disminuyó cuando comenzó a hablar de asuntos domésticos.
Los malos pensamientos del hombre regresaron. ¿No serían 30 días suficientes como para confiar en alguien y bajar la guardia? ¿Acaso el enfermero acusado de los homicidios dispuso de un tiempo similar para “ganarse” a sus presuntas víctimas?
“Pero finalmente se quedó para ayudarnos”, completó Carey. “¿No es una suerte que nos hayamos encontrado a un empleado tan leal, querido? Cierto que me la jugué al no pedirle referencias, pero el tiempo me ha dado la razón…”
Pensó en su corazón. Estaba delicado, pero no lo suficiente para necesitar un trasplante. Pero, ¿y si había sido “elegido” como “proveedor” de otro órgano? ¿O su cónyuge, que estaba más sana? Sus conjeturas comenzaron a espantarlo.
***
Así, se enteró que Jorge Ceballos era descrito por sus conocidos como una persona con mucha labia, facilidad para crear amistades (misma que, se presumía, utilizaba para crear un vínculo de confianza con sus víctimas) y que presumía de sus pertenencias personales.
Continuó devorando las noticias al respecto. La edición que tomó, de un día anterior, manejaba el decomiso de cinco vehículos, así como que en un par de días el acusado tendría una audiencia de vinculación y que, por lo pronto, estaría 12 meses tras las rejas.
También trascendió que, semanas atrás, la delegación Chihuahua del IMSS había presentado una denuncia en contra del empleado Jorge Alberto Ceballos por el presunto delito de falsificación de documentos oficiales del IMSS.
De pronto, Gazolaz lo recordó. ¿Dónde estaba su propia credencial para votar? Aún con El Heraldo en la mano, salió disparado de su habitación, ya pensando en que el intruso había sustraído la identificación de sus pertenencias.
Aquello ya era el colmo del cinismo. Además de fraguar un futuro crimen, su enfermero protegía a su colega, como para que él, dueño de la casa, no pudiera enterarse de nada. Pero iba un paso adelante y en ese mismo momento lo enfrentaría.
Su veloz caminata frenó de repente al encontrarse en un pasillo de la casa con su mujer y su socio platicando con expresión seria. No pudo saber el tema, porque cuando se percataron de su presencia guardaron silencio de inmediato. Sólo alcanzó a escuchar a Mollinedo:
“El médico fue muy claro. Cualquier emoción fuerte puede matarlo…”
“Yo la tengo, querido. Tú me la diste desde el domingo saliendo de la casilla, temeroso de perderla”.
***
En lo que el tipo de despedía de su mujer pudo enterarse que el acusado había sido relacionado con el crimen del expolicía Jonathan González Gutiérrez, un empleado del IMSS que había pedido permiso, sin perder su plaza, para enlistarse como agente.
El joven pretendía renunciar para regresar a su antiguo trabajo, pero fue asesinado de un balazo en la cabeza en la colonia Ignacio Allende el 4 de enero de este año, cuando bajaba de su automóvil. Un crimen con similitudes a los otros casos que integraban las pesquisas.
El ruido de un potente motor lo devolvió a la realidad. Tuvo un presentimiento y se dirigió lo más rápido que pudo, sólo para ver algo que hubiera preferido ignorar. De la acera de su casa partía un vehículo de lujo.
Y su enfermero iba al volante.



























