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Locallunes, 25 de noviembre de 2019

El inquilino del puente

Viviendo la libertad a su manera, Mario R., arrastra su vida en dos carritos de supermercado

Efren Rodríguez Silva / El Heraldo de Chihuahua

Noviembre 19 de 2019. Son poco más de las 06:00 horas.

Comienza su odisea, una odisea que se repite día tras día, semana tras semana, mes tras mes y año tras año. Nada cambia, ni siquiera su ropa, ni su gorra, ni sus zapatos.

DERROCHE DE FUERZA

Avanzando lento, pero seguro, la figura de Mario R. parece congelarse en el tiempo mientras todo a su alrededor es como un carrusel en movimiento perpetuo, girando a la velocidad del progreso.

Es apenas la punta del iceberg en su recorrido, ya que Mario debe caminar en un lapso de dos días, entre taco y taco, un poco de agua y dos noches “hospedado” en cualquier sitio, un tramo de aproximadamente 25 kilómetros.

ABRIÉNDOSE PASO ENTRE LA OPULENCIA

Siguiendo sobre la lateral, Mario deja atrás edificios, plazas y centros comerciales, fríos y ostentosos testimonios de la pujante modernidad.

El cruce con la avenida La Cantera es uno de sus puntos intermedios. De ahí, con dirección al Ortiz Mena. Increíble.

Luego de revisar la carga de su segundo “mueble rodante”, Mario sigue su marcha 100 o 150 metros, lo estaciona y regresa por el otro y así, poco a poco, se va llevando los dos a su destino. Le faltan unos ocho kilómetros por recorrer.

Hace una pausa, pues llegó la hora de sus sagrados alimentos, su segunda comida del día, que será la última. Unos frijolitos de lata calentados en una pequeña fogata, con un par de tortillas duras de ayer, lo recargan de energía para seguir su viaje.

Por comida no se queja y agradece que en su diario transitar por esa ruta dorada revestida de opulencia, aún se cruce con gente sensible que valora la vida de otros extendiendo su mano solidaria, para darle lo que sea.

UN PASADO DOLOROSO

Mario tiene claros recuerdos de su pasado, desde que dejó su natal Santa María, California, donde vio la luz en 1962. Dice haber viajado a la capital mexicana en sus años mozos para encontrar un trabajo que casi le cuesta la vida en lo alto de un edificio.

Su historia de todos los días. Nada nuevo y puras cosas viejas.

UN “HOGAR” DISPERSO, A MERCED DE LA MALDAD Y DEL OLVIDO

Como dice, su vida es así y la justifica interpretando a su modo el artículo 13 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que dice que toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un estado.

Después de todo, Mario disfruta de sus derechos como persona, como ciudadano, su derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad (Artículo 3) aunque a nadie le desea su muy personal estilo de vida.

Y dice ser feliz viviendo esa libertad, su libertad en medio de la cual su principal diversión es caminar, caminar y caminar, aunque no está a salvo de los riesgos por vivir en la calle.

La policía no lo molesta, tampoco lo ignora, porque en algunas ocasiones incluso lo ha orientado y protegido.

Aunque más de una vez lo han robado. Cuenta cómo unos malandros le quitaron por la fuerza su viejo radio de pilas, lo despojaron de unas latas de comida y por no dejar lo patalearon mientras intentaba conciliar el sueño en su duro lecho de cemento.

Y quien lo dijera. Mario tiene seis hijos que viven en Delicias y a los que no ve desde hace “mucho rato”. Dice que ha tenido suerte cuando en lejanas ocasiones se lo han topado en un punto de su largo peregrinar. Sí… lo ven, lo saludan y se van.

NOCHE BUENA, NOCHE IGUAL

¿Su Navidad?.. Mario sabe cuándo es Navidad… y la disfruta sin recibir regalos, aunque nunca le falta su botella de brandy que algún buen samaritano le lleva para combatir sus fríos.

De la Navidad, le gusta ver esos grandes y lujosos fraccionamientos forrados de luces de colores, luces que iluminan su camino cuando de pronto lo envuelve la noche.

Y ahí viene… otra Navidad para todos, menos para él, menos para otros muchos como él. Otro año que se irá con más pena que gloria.

Mario seguirá siendo ese personaje que día a día va arrastrando su vida en dos carritos de supermercado, algo así como un migrante sin destino, preso de su pobreza, que disfruta a su manera de su propia libertad.

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