Análisislunes, 15 de diciembre de 2025
Columna Invitada / La coma
Por: Alejandro Ahumada
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Por: Alejandro Ahumada
El signo de puntuación «coma» es una pausa leve, un respiro. A diferencia del punto que presupone un cambio de dirección, la coma avanza en la misma, pero genera espacios, silencios necesarios para dotar de sentido lo leído. La coma sosiega, calma, da placidez. Sin comas no existen pulmones que puedan con la tarea de lectura. Esto es claro en la historia de aquella carta maldita que quien osaba a leerla caía muerto. Sin saber qué decía —pues nadie había sobrevivido para contarlo— alguien decide leerla solo por un minuto pidiendo de favor que se la arrebaten antes de perecer. Justo en el tiempo acordado, con el rostro enrojecido y los ojos desorbitados, al intrépido lector le es arracada la misteriosa carta de las manos, y ahí le preguntan los curiosos que qué decía. «¡Horrible, espantoso!», señaló jadeando, «La carta no tenía puntos ni comas», dijo.
La coma es rebelde, su apariencia la delata. Es un punto despeinado. Quizá por ello su tendencia a no apegarse a las reglas. Sí, la coma carga sobre sí un historial de signo polémico que le viene por prestarse a ambigüedades, pues por encima de las normas ortográficas su utilización depende muchas veces de la entonación particular que se le quiera dar a la narrativa, lo que origina desaciertos y barrabasadas que muchas veces el estilo no puede disimular. Cuando está mal colocada, está mal colocada, dice la lógica de Perogrullo Y solo los grandes pueden moverla a su capricho: José Saramago casi no las utiliza, Jon Fosse se excede. Dos premios Nobel que hacen de ella —a través de la omisión y el abuso— su sello distintivo. Pero no todos son Saramago o Fosse, más aún, para aquellos escribanos que están más cerca de lo novel que del Nobel, un apego a las reglas gramaticales siempre se agradece.
La mala utilización de la coma no solo deja al lector sin aire y al texto sin sentido, sino que, dado el caso, puede ser un tema de vida o muerte, como el de la receta expedida por aquel distraído doctor, en Florida, Estados Unidos, que el año anterior omitió el pequeño signo gramatical y prescribió 15 mmol de potasio en vez de 1,5, causando con su desliz la muerte de un menor, o la del rey que cambió un castigo solo moviendo la coma del mensaje: «Perdón imposible, que cumpla su condena», decía escuetamente el escrito, quedando en «Perdón, imposible que cumpla su condena». De la imposibilidad a la posibilidad con solo un ligero cambio. La magnanimidad del rey al alcance de una coma.
Pero este signo va en desuso. Casi omitido en los mensajes de texto y visto por muchos como una curiosidad ortográfica en vías de extinción, la coma se va perdiendo en una generación que no tiene empacho en regresar a lo que se denomina scriptio continua, esto es, el estilo de escritura que predominó desde su invención hasta el año mil d. C.: palabras juntas sin separación, sin puntos o comas que facilitasen una buena lectura. Acostumbrados a tiempos hiperveloces, ¿quién quiere detenerse y tomar aire en la coma?, peor todavía ¿quién desea diferenciar la enumerativa de la vocativa, o la parentética de la conjuntiva? Solo aquellos amantes de las buenas formas escriturales.