El Gobierno estatal informó que los pagos se realizarán del 14 al 16 de abril. La dispersión se organiza según la inicial del primer apellido de los beneficiarios
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En el entramado social, lo fálico se manifiesta de vez en vez con fuerza, siempre está presente, pero, en algunas ocasiones, más. Recuerdo hace unos cinco años una noticia sobre una App que desbloqueaba el celular al enfocar el pene del usuario. Las venas y arrugas servían como signos para identificar a Pedro de Juan. Esta idea llevaba la falocracia a una tecnofalocracia ridícula y absurda. Pero, sin importar las formas que tome, la omnipresencia penil acaba siempre por hacerse obvia. En el siglo XIX, la rígida moral victoriana enfunda los cuerpos en profusos atavíos; la ropa se impone como una moda que, más que tratar de ser elegante, procuraba tapar un cuerpo nacido para pecar. Así, a través de la severa y monocromática vestimenta masculina se pretendía trasmitir la racionalidad —y la ausencia de deseo— que debería de regir al comportamiento del hombre. Sin embargo, el falo no resistió estar cautivo entre ropajes y emergió de forma simbólica a través de la institucionalización de la corbata, ese apéndice flácido que cuelga del cuello y que es suficientemente largo para hacerse notar. No es coincidencia que la escena de cortar la corbata con unas tijeras en alguna película tenga un dejo de burla hacia lo masculino, una proeza de imposición al otro, una pequeña victoria erótica que expone una castración simulada.
Eliminando la cobertura de misoginia y heteronormatividad, la pornografía es —ciertamente— divertida, expone sin filtros la termodinámica social. En el tema del falo, su presencia es condición sine qua non para la producción discursiva, esto es, su narrativa se sostiene (literalmente) de él. El popular actor español de películas pornográficas, Jordi El niño polla, ha resumido su ser a este pedazo cárnico, él es una polla o, dada la importancia que esta tiene en su nombre, la polla es un él. Su apelativo se reduce a su cualidad más notoria: una gran pieza de carne magra, lista a envestir a la menor provocación.
En la década de los años ochenta del siglo anterior, una situación de maltrato terminó en un pasaje al acto por parte de la víctima al castrar a su abusador, su mismo marido. El caso de Lorena Bobbitt y John Bobbitt —ciudadanos comunes de Estados Unidos— movió a la opinión pública. La historia tenía un poco de cada género literario, drama, comedia, policial y hasta realismo mágico. Tras cortar el pene de su hombre mientras este dormía, Lorena huye en su auto con el miembro en la mano. Al salir del espasmo y darse cuenta de la ablación que realizó, lo arroja asustada por la ventanilla y conduce presurosa a una estación de policía a confesar su crimen. Al momento, una cuadrilla de agentes va al lugar donde el preciado órgano viril fue abandonado, lo resguardan en hielo y lo llevan al hospital para que los cirujanos intenten reimplantárselo a su poseedor original, que ya se encontraba ahí. Lo logran. John Bobbitt se recupera, y pasado unos meses firma un contrato con una empresa productora de porno que se entera del caso y ve en este una oportunidad para iniciar el rodaje de su primera película: John Bobbitt Uncut («John Bobbitt sin cortes»). Increíble. El falo zurcido debía legitimarse, y nada mejor para eso que una escena con tres mujeres.
La atención fálica ahí está, a veces voluntaria, a veces involuntaria, como el lapsus del recientemente encarcelado presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, al decir en uno de sus discursos «[…] multiplicarnos, así como Cristo multiplicó los PENES», para —momento seguido— ofrecer disculpas y corregir «los peces y los panes». Un falo lo tiene cualquiera, perdón, un fallo.
El falo es un poderoso significante que regula lo social, aunque a veces tome formas tragicómicas, como suponer una supremacía de lo masculino sobre lo femenino. Pero sea en comedia o en tragedia, velado o expuesto, ahí está, en el más que obvio apodo del pornstar Jordi o en los comportamientos homoeróticos de Thor —con su duro, pesado e intocable martillo— y Darth Vader, por citar, este último que clama de forma lastimera su paternidad mientras exhibe su largo, rojo y peligroso miembro, sublimado de manera alegórica en la espada láser. La diferencia entre John Bobbitt , Maduro, Jordi, Thor, Darth Vader y tantos y tantos más es solo de grado, ya que solo desean exponer su poderío de una forma más o menos evidente.