La mujer que lloraba junto al río
“Cuando se oye lejos, es que está cerca, y cuando se oye cerca, es que anda lejos”...
Ángel Vega / El Heraldo de Tabasco
El capitán del Ejército Federal Pánfilo Arteaga refiere en confesión in extremis una anécdota particularmente inquietante, ocurrida en un camino fronterizo del pueblo de Ojinaga, Chihuahua, el 11 de enero de 1914.
«Asediados por el Centauro de Norte, y con más de tres mil bajas entre nuestras filas, fue necesario quemar los cadáveres de nuestros compañeros para evitar que la peste propagara la fiebre del tifus.
«Nos desplazábamos de noche en la última columna de hombres que abandonó la capital del estado, dejándola, muy a nuestro pesar, a manos de las fuerzas rebeldes; habíamos sido diezmados, la moral estaba por los suelos. Nos acorralaba el cansancio, la sed, el hambre.
«A lo lejos, observamos que en el mismo camino pero en dirección contraria a nosotros se aproximaba una avanzada rebelde, por lo que tomé la decisión de deshacer la columna y separar a mis hombres en grupos.
«Fue necesario desperdigarnos por los caminos aledaños.
«Eran casi las tres de la madrugada cuando alcanzamos la orilla del río Bravo; iba acompañado de los soldados Armando Garrido y Agustín Navarro, así como del cabo de infantería Luis Ortega.
«Pudimos escuchar cómo, a lo lejos, los miembros de la avanzada villista nos buscaban afanosamente; lanzaron algunos balazos al aire, y después todo quedó en silencio.
«Caminamos siguiendo la ribera. La luna estaba alta en el cielo y las estrellas brillaban con intensidad. En descampado sólo podía escucharse el canto de las cigarras y los grillos. No había viento.
«Avanzábamos con los fusiles Máuser y las carabinas terciadas al hombro. Nos tomó desprevenidos un quejido, algo parecido a sollozos. Hice una señal para que los demás se detuvieran.
«Era el inconfundible, lastimero llanto de una mujer.
«Nos pareció extraño, porque no había casas en muchos kilómetros a la redonda, ni siquiera un pueblo cercano que pudiera justificar el hecho de que una dama anduviera llorando sola por aquellas latitudes.
«El cabo Luis Ortega fue el primero en inquietarse. Lo que dijo puso nerviosos a todos los demás. “Es la Cihuacoátl. La Llorona viene por nosotros”, se aventuró a afirmar. Desenfundó, y cortó cartucho.
«El soldado Agustín Navarro lo cuestionó. “Y si es la Llorona, ¿de qué te va a servir la pistola? ¿Qué vas a hacer, dispararle a un fantasma?” El cabo lo miró de reojo, con el ceño fruncido.
«El soldado Armando Garrido dijo; “cuando se oye lejos, es que está cerca, y cuando se oye cerca, es que anda lejos”. Estaba muy asustado. Y mis hombres junto con él.
«Empero, le ordené a la tropa sosiego, porque como su capitán que soy, en esos momentos mi principal preocupación era que no nos encontraran los rebeldes, porque segurito nos iban a matar.
«Pues yo prefiero que me ajusilen a toparme a la Cihuacoátl, dijo el cabo. Las balas se llevan tu cuerpo, pero la Cihuacoátl lo que quiere es tu alma…
«El cabo Luis Ortega lanzó un disparo al aire con su fusil. ¡Imbécil! Le recriminé con disgusto. ¡Los villistas nos van a encontrar!
«En respuesta, el lamento subió de volumen.
«Si salimos corriendo vamos a agotar las pocas energías que nos quedan. Y seremos blanco fácil para los rebeldes. Buscaremos al cabo, pero a paso lento. No tardará en cansarse.
«Continuamos la marcha, apesadumbrados. Unos metros adelante, escuchamos otro terrible grito. Pero no era de mujer. Era la voz del cabo Luis Ortega. Tronaron varios disparos de fusil.
«Al llegar al lugar de donde provenía el alboroto, encontramos al cabo tendido sobre la maleza. Sus ojos estaban desmesuradamente abiertos y tenía la cara deformada por un rictus de espanto. Había muerto de miedo.
«¿Qué hacemos con el cadáver? Preguntó Navarro. “Se lo van a comer los coyotes”, respuso Garrido. Les ordené que juntaran piedras de la orilla del río para proteger el cuerpo en lo que conseguíamos ayuda. Se rehusaron a ir solos. Entiendo, les dije. Vamos todos.
«Bajamos al río.
«Súbitamente, como si aquella aparición tomara consciencia de que la observábamos, se quedó inmóvil. Su cabello largo lanzaba fulgores azulados, de tan negro. Luego, lentamente, la presencia se irguió.
«Vestía una especie de túnica blanca, impoluta y larga, sin mangas. A lo lejos, su porte era el de una hembra magnífica, alta y bríosa como un caballo fino. Una mujer de hombros simétricos, cintura delgada, caderas anchas…
«Pero el rostro. Ay, Dios mío. Aquello no tenía un rostro...
«De pronto, la Cihuacoátl se enfiló hacia donde nos encontrábamos. Caminó sobre el agua, literalmente. Atravesó el caudaloso río Bravo en un santiamén y se paró frente a nosotros, que la mirábamos enmudecidos.
«De súbito, la Cihuacoátl aulló a través de un agujero que anidaba entre sus pechos; era una especie de bramido terrible y triste a la vez, desolador. Dejaba en el alma un sentimiento de horror y desazón infinita.
«Corrí. No supe cómo atravesé el campo hasta toparme con la columna de rebeldes villistas, quienes al ver que se trataba de un capitán, antes que dispararme, prefirieron capturarme vivo para interrogarme.
«Vienen por mí. Seré fusilado».
*Cuento perteneciente a la obra literaria “Cuentos de terror de la época de la Revolución Mexicana para niños y jóvenes” del autor Ángel Vega






























