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Tendenciasmartes, 27 de febrero de 2024

Yum Kimil, la sangrienta deidad escondida en "La Chichona"

El monumento era al mismo tiempo trofeo de guerra y campo de batalla; ahí han ocurrido masacres que se remontan a la época prehispánica en Tabasco

Ángel Vega / El Heraldo de Tabasco

A diferencia de sus ancestros, Sebastián no había peleado en ninguna guerra. Pese a ello, libraba sus propias batallas cotidianas. Apenas abrió los ojos, pudo recordar de golpe lo banalmente complicado de su situación.

"Somos campesinos, somos indígenas. Somos los legítimos dueños de estas tierras", vociferaba uno por el altavoz, en tanto él descendía de la camioneta, lo más cerca posible de la obra a medias.

"En este país ser bastardo no es culpa de nadie", pensaba. "Salvo de aquel iluso que se considera racialmente puro, pese a ser un hijo de la chingada", añadió en seguida, casi en voz alta.

El diálogo, por exigencia de los indígenas, se realizaría bajo la sombra del paso a desnivel, al pie de la estatua que tenía las horas contadas. Todos tomaron su lugar en una mesa plegable. Todos sudaban, como beduinos en su jugo.

De inmediato, Sebastián Beaumont notó que algo no andaba bien. Sus obreros ya no estaban. De pronto, una columna de humo negro se levantó desde el monumento. Era la maquinaria. Le habían prendido fuego, a propósito.

Entonces, los indígenas apresaron al apoderado legal, al enviado del gobierno, al diputadete, y a él.

El ingeniero lo vio todo claramente. No era una "mesa de diálogo". Había sido un juicio sumarísimo del pueblo.

Primero, la turba los arrastró, aporreándolos. Los hincaron de frente al monumento. Al mismo que simbolizaba la victoria de un pueblo sobre sus invasores. Beaumont creyó entonces en la perversidad de aquello que llamamos destino.

La lideresa de los indios presenciaba la escena, entre fascinada y divertida.

Fue el turno del ingeniero civil. La espuma fría del miedo le inundó el estómago. Recordó su sueño recurrente. Ahora, todo tenía sentido.

La glorieta a Sánchez Magallanes, mejor conocido como "La Chichona", era en realidad un gigantesco altar a la muerte.

El viento sopló llevándose el humo espeso que manaba de la maquinaria y los cadáveres quemados. El ruido que hacía semejaba la voz escuchada en su sueño."Yum Kimil"...

La Victoria ensangrentada descendió de su altar de piedra, mortífera, sonriente, mostrando aquellos dientes limados para semejar colmillos de bestia, dispuesta a devorarlo...

La historia presentada es ficción.

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