Análisisjueves, 8 de mayo de 2025
Columna liberal
Durango presente en la Batalla de Puebla
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Con fervor y romanticismo, todos los cinco de Mayo se celebra en la ciudad de Puebla la épica batalla en que, como dijo Ignacio Zaragoza, “las armas nacionales se han cubierto de gloria”, y no es para menos, ya que nuestro ejército, lleno de muchas carencias y con muchos soldados descalzos y hasta harapientos —que, dijo un escritor refiriéndose a un agrupamiento de ellos que venía del sur, “más bien parecían un grupo de pordioseros”—, y tan grave era su situación que ese día, después de vencer a los franceses, Zaragoza, en uno de los renglones de su parte de guerra dirigido a Juárez, se quejaba de que para ese día no contaba con los recursos económicos suficientes para el rancho (comida) de sus soldados y que, dada la apatía de los poblanos (no todos, aclaraba), ante la negativa para aportar o en calidad de préstamo, y no solo eso, sino que habían puesto moños negros en sus puertas en calidad de duelo porque habían perdido los franceses, decía que le daban ganas de incendiar la ciudad.
Y ante ese escenario, previamente a esa batalla del 5 de Mayo de 1862, empezaron a acudir agrupamientos de soldados del interior de la república, y Durango no podía quedar atrás, y fue el Gral. José Ma. Patoni quien, al frente de tropas durangueñas, se batieron heroicamente frente a las tropas invasoras. Pero, como dice el clásico deportivo, “esto no se acaba hasta que se acaba”. De esa clase de traidores y malos mexicanos que fueron al extranjero a vender a la patria y causantes de tres años de guerra y sufrimiento al pueblo de México y poner en peligro la soberanía nacional, aquí mismo en Durango los conservadores no perdieron las esperanzas y mostraron su hipocresía, falsedad y traición cuando las tropas francesas se reagruparon y empezaron a invadir casi todo el país.
Y así como aquella comisión que integraron diputados conservadores, Miramón, Juan N. Almonte y clero católico, etc., que fueron al castillo de Miramar a invitarle a Maximiliano a aceptar ser emperador en México; así pues, decíamos, en Durango los conservadores esperaron pacientemente la llegada de los invasores a nuestra entidad para mostrarles sumisión y beneplácito y dispuestos a integrar un espurio gobierno civil en nuestro estado, siendo los más complacientes los dueños de las haciendas de Navacoyán y La Sauceda. Por eso, ya vencido el enemigo, Juárez, mediante decreto, declaró traidores a la patria a esos malos mexicanos dueños de esas haciendas.
Nos permitiremos agregar a esta entrega que quienes siempre han salido a la defensa del pueblo, la patria y su soberanía son aquellos los llamados liberales, quienes en una lucha eterna como la del bien y el mal, los segundos nunca han descansado para imponer sus canonjías basadas en una ideología fundamentada en el egoísmo, acumulación de dinero, privilegios y la falsedad; y si bien en México esa ideología tiene sus raíces en la idiosincrasia de una realeza española que llegó a México y un origen clerical en concordatos y acuerdos con los conservadores en que mucho tienen que ver la acumulación de dinero.
Pero, por otro lado, tenemos el carácter indomable del pueblo mexicano con origen en el elemento indígena y que atinadamente lo definió Rodolfo Reyes como el protoplasma de nuestra nacionalidad; en consecuencia y por ello, se dice que esa antorcha libertaria la tomaron de Cuauhtémoc, Hidalgo y Morelos, Juárez, Ocampo, Prieto e I. Ramírez de aquellos y la transmitieron a Vicente Guerrero. O más claramente, como así lo plasmó Ignacio Ramírez: “Nosotros venimos del pueblo de Dolores, descendemos de Hidalgo y nacimos luchando como nuestro padre por los símbolos de la emancipación y, como él, luchando por la causa santa desapareceremos de la tierra”.