Cabe señalar que a la Hacienda de Pedriceña, hoy municipio de Cuencamé, del estado de Durango, Juárez y su comitiva arribaron la tarde del 15 de septiembre de 1864. Fue aquí donde Juárez da el Grito de Independencia en 1864.
Termino con una estrofa del “Himno a Juárez” que fue compuesto por Antonio Verduzco, a propósito de la visita que Benito Juárez hiciera a la ciudad de Durango en diciembre de 1866, y estrenado precisamente en el Teatro Coliseo, hoy Teatro Guadalupe Victoria:
¡Viva Juárez!, mil ecos repitan,
Porque Juárez la Patria nos dio,
Y ya rotas las férreas cadenas,
Imponente el tirano partió.
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Benito Juárez expresó en la proclama del 15 de julio de 1867, hace 150 años: “Mexicanos: El gobierno nacional vuelve hoy a establecer su residencia en la Ciudad de México, de la que salió hace cuatro años. Salió el gobierno para seguir sosteniendo la bandera de la patria por todo el tiempo que fuera necesario, hasta obtener el triunfo de la causa santa de la independencia y de las instituciones de la República. En nombre de la patria agradecida, tributo el más alto reconocimiento a los buenos mexicanos que la han defendido, y a sus dignos caudillos. El triunfo de la patria, que ha sido el objeto de sus nobles aspiraciones, será siempre su mayor título de gloria y el mejor premio de sus heroicos esfuerzos.
“Ha cumplido el gobierno el primero de los deberes, no contrayendo ningún compromiso ni en el exterior ni en el interior, que pudiera perjudicar en nada la independencia y la soberanía de la República, la integridad de su territorio o el respeto debido a la Constitución y a las leyes. Después de cuatro años, vuelve el gobierno a la ciudad de México, con la bandera de la Constitución y con las mismas leyes, sin haber dejado de existir un solo instante dentro del territorio nacional.
“Mexicanos: Encaminemos ahora todos nuestros esfuerzos a obtener y a consolidar los beneficios de la paz. Bajo sus auspicios, será eficaz la protección de las leyes y de las autoridades para los derechos de todos los habitantes de la República. Que el pueblo y el gobierno respeten los derechos de todos. Entre los individuos, como entre las naciones el respeto al derecho ajeno es la paz”. (Termino la cita de lo expresado por Juárez).
Efectivamente, Benito Juárez vivió una de las épocas más importantes y difíciles de México, considerada como la consolidación de la nación como República. Juárez marcó un parteaguas en la historia nacional: miles de mexicanos que fueron a despedir a Juárez, el 31 de mayo de 1863, abandonó la capital del país para llevar consigo el Gobierno de la República hacia el norte, a salvo de los invasores, y regresar con el triunfo de la República, después de cuatro años, el 15 de julio de 1867.
Larga y dolorosa fue la niñez del huérfano Benito Juárez García; él mismo dice, en “Apuntes para mis hijos”, que tuvo la desgracia de no haber conocido a sus padres, indios de la raza primitiva del país, porque cuando tenía tres años murieron, habiendo quedado al cuidado de sus abuelos, indios también de la nación zapoteca. A los 12 años inició su primera fuga hacia adelante, hasta cursar su carrera de abogado en el Instituto de Ciencias y Artes y obtuvo su título en el año de 1834, el primer título de abogado expedido por la Corte de Justicia del estado.
Propiamente su niñez y juventud estuvieron marcadas por la Guerra de Independencia y por la presencia sobresaliente de Hidalgo, Morelos, Victoria y Guerrero, y la ominosa dictadura de Antonio López de Santa Anna. Para don Daniel Cosío Villegas, el señor Juárez tenía los ingredientes que hacen al gran político: fuego en las entrañas, que hace innecesario el reposo; pasión y mesura, que le permitían ser flexible y conciliador; conocedor de la naturaleza humana, que le permitieron entender que en política son pocas las batallas y muchas las escaramuzas, pero que deben ganarse todas.
La biografía de un hombre cuyo oficio es pensar debería ser la historia de su pensamiento. Pero en el caso de Benito Juárez existe la dualidad de pensamiento y acción, de palabra y obra, pero sustantivamente se trata de la biografía de un político, más bien la biografía de un estadista, que supo ser el abanderado de su pueblo, a partir de una espectacular huida hacia delante, asumiendo la Constitución de 1857, las Leyes de Reforma, los derechos individuales, la separación de poderes, la enseñanza laica, la tolerancia religiosa, la igualdad ante la ley y el gobierno de las leyes en un contexto democrático y republicano.
La historia nos relata que cuando Benito Juárez se presentó en el campamento del general federalista Juan Álvarez, sólo dijo que llegaba a servir a la causa de la República. Omitió decir que era abogado y que había sido gobernador de Oaxaca: únicamente puso énfasis en decir que sabía leer y escribir.
El alfabeto fue su credencial. Saber leer y escribir era el ariete que tenía en sus manos para derrumbar muros y vencer al despotismo. Dice Andrés Henestrosa que era un pastor de palabras, las ponía en fila, en orden, una tras otra, sin que ninguna se saliera del carril y de las reglas. Eso, y no otra cosa, es la literatura. Pocas palabras las de Benito Juárez, pero ésas, las necesarias, aquellas sin las cuales es imposible decir la verdad. Las palabras de Juárez son escuetas, tienen la consistencia del basalto y del granito.
Las nuevas generaciones seguramente nos pedirán cuenta de nuestras obras, de nuestras luchas y de nuestros desmayos. También nos preguntarán qué hemos hecho con el legado de Juárez. Si aquilatamos su imperturbable actitud moral, tan consonante con su fisonomía granítica. Es preciso que no olvidemos que fue el gran defensor de nuestra Constitución de 1857, de las leyes -diría Justo Sierra- en una época en que la República luchó para vivir y agonizó vencida. La vida de Benito Juárez sigue siendo una suprema lección de moral cívica.
Ignacio Manuel Altamirano, lo expresó llanamente: "somos -los liberales mexicanos- directamente hijos de la gloriosa revolución de 1789". La revolución francesa con su afirmación de la soberanía popular, la Declaración de los Derechos del Hombre, la preminencia de los principios democráticos y un aura de creación fundacional de la modernidad y la legitimidad republicana.
Juárez legisló para que la educación de las y los mexicanos fuera gratuita, obligatoria y laica, y posteriormente fundó la Escuela Nacional Preparatoria, con el objetivo de eliminar la educación religiosa, para basarla en la ciencia. Asimismo, el laicismo de Juárez fue decisivo para garantizar la posibilidad de la actualización permanente del conocimiento, la certidumbre de una enseñanza no sujeta a los perjuicios y a la exigencia del sometimiento a un sólo credo, el respeto del Estado a las formas distintas de procesar una fe y abstenerse de hacerlo, la discusión libre de científicos y las libertades artísticas. Por ello, es que muchos historiadores consideran que es este momento cuando puede hablarse del establecimiento de la educación pública en México. Juárez, aseguró: “La instrucción es la base de la prosperidad de un pueblo, a la vez que es el medio más seguro de hacer imposibles los abusos del poder”.
El programa liberal muestra su sagacidad, su valentía, su fuerza social, su determinación de avanzar con pasos concretos y seguros. En sólo un mes se promulgaron las Leyes de Reforma; se nacionalizaron los bienes del Clero; se consumó la separación de la Iglesia y del Estado, clave en la formación del Estado moderno y laico; se concedió el registro civil a las actas de nacimiento, matrimonio y defunción; se secularizan los cementerios y las fiestas públicas; y lo esencial, se promulgó la libertad de cultos, es decir, se eliminó el pensamiento feudal y se pusieron las bases del pensamiento crítico, sin el cual no hay ni puede haber avances en el conocimiento del mundo natural y social. Juárez no concebía la Reforma como un movimiento exclusivamente político, sino como el basamento de un sistema de democracia; para él, el poder tenía el límite de la justicia y no había justicia posible sin ética.
Juárez y los liberales de la Reforma construyeron las bases de la República moderna, ya que cuando se es un hombre excepcional se es un hombre universal. Han transcurrido 211 años desde que nació don Benito Juárez García y a 145 años de su fallecimiento, y al escuchar su nombre, los mexicanos y mexicanas lo interpretamos como honor, dignidad, igualdad, tenacidad, mexicanidad, así como respeto y orgullo de ser sus compatriotas. Gracias, Benemérito de las Américas.
Dice Luis Martínez, que fueron -el pueblo y Juárez- una sola voluntad, la de vencer a cuanta adversidad interna y externa se opusiera a su destino. La grandeza de Juárez es la grandeza del gran pueblo de México. Gracias a Juárez privilegiamos hoy a la Constitución Política que nos rige, que norma y encauza el destino de la nación.
Benito Juárez es el impulso enérgico de la resurrección nacional. Lo que define a Juárez es su entrega a los intereses de la nación. Lo que lo define es su apego al pueblo disperso y sufrido que mejor se identifica con los intereses de la patria. La lección está vigente. Sigamos su ejemplo y aspiremos a la reconciliación nacional y a construir un nuevo pacto social, sin olvidar que Juárez y su pueblo fueron invulnerables a la desgracia y al desaliento.