Omar Reyes Colmenares, titular del organismo, aseguró que el objetivo central del bloqueo de cuentas bancarias es inmovilizar recursos ilícitos y evitar que continúen circulando en el sistema financiero
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El conflicto bélico en Medio Oriente ha entrado en una nueva etapa, misma que le permite al mundo entero un pequeño “respiro”, pues Estados Unidos e Israel acordaron con Irán un cese a las hostilidades durante las siguientes dos semanas, con una implicación inmediata, el permitir que continúen transitando por el estrecho de Ormuz embarcaciones con petróleo, mismo que surte a varias naciones del planeta, desde luego con algunas reservas impuestas por el gobierno iraní, pero que se traducirá en una disminución del costo por barril de crudo, y por ende en el precio de la gasolina. Más allá de las condiciones que se han establecido por parte de ambos bandos, esto podría significar la conclusión de un conflicto que, de origen, no debió iniciarse, pues ha costado la vida de más de cinco mil personas en aquella región, y que a todas luces nunca ha contado con respaldo de la comunidad internacional, sobre todo por el riesgo de que las acciones militares pudieran escalar a niveles incontrolables.
El llamado “alto al fuego” no es gratuito ni mucho menos ingenuo, porque Irán ha puesto sobre la mesa algunas condiciones muy claras para mantener esta tregua de dos semanas, primero, el cese total de bombardeos en su territorio y en zonas estratégicas bajo su influencia; segundo, la garantía de libre tránsito por el estrecho de Ormuz sin bloqueos ni inspecciones arbitrarias por parte de fuerzas occidentales; tercero, la no intervención de nuevos actores militares en la región, particularmente de aliados de Estados Unidos; y cuarto, el inicio de una ruta diplomática que incluya el levantamiento progresivo de sanciones económicas. Es decir, el gobierno iraní no solo busca frenar los ataques, sino reposicionarse en el “terreno” internacional como un actor con capacidad de negociación.
Uno de los efectos inmediatos de esta tregua se refleja en el mercado energético global, porque el simple hecho de mantener abierto el estrecho de Ormuz reduce la incertidumbre en la distribución del petróleo, lo que impacta directamente en la cotización del crudo. Cuando hay riesgo de cierre, los precios se disparan por especulación, cuando hay estabilidad, como ahora, tienden a moderarse; esto no es menor, porque países altamente dependientes de la importación de hidrocarburos, como varios en Europa y Asia, comienzan a ver un alivio en sus costos energéticos, mientras que economías como la mexicana podrían beneficiarse con cierta estabilidad en los precios de las gasolinas, al menos en el corto plazo, lo que inevitablemente se traduce en un “respiro” para consumidores y sectores productivos.
La tregua también tiene un efecto inmediato en los mercados financieros, que habían reaccionado con volatilidad ante la posibilidad de una escalada mayor en Medio Oriente; bolsas que venían registrando caídas han comenzado a estabilizarse, el tipo de cambio en diversas economías emergentes ha encontrado un punto de equilibrio y los inversionistas retoman, aunque con cautela, la confianza. No es casualidad, porque los conflictos bélicos de esta magnitud no solo afectan a quienes están en la línea de fuego, sino que alteran cadenas de suministro, encarecen insumos y frenan decisiones de inversión.
Sin embargo, pensar que esta tregua significa el fin definitivo del conflicto sería un error de cálculo, porque estamos frente a una pausa estratégica, no ante una solución estructural, porque las condiciones impuestas por Irán dejan claro que el conflicto sigue latente y que cualquier incumplimiento podría reactivar las hostilidades en cuestión de horas. El mundo, entonces, no puede conformarse con celebrar un respiro momentáneo, sino que debe exigir una solución de fondo que privilegie la diplomacia sobre las armas; porque si algo ha quedado demostrado en este episodio, es que las guerras modernas no solo se libran en el campo de batalla, también se sienten en el bolsillo de millones de personas que, sin estar en la zona de conflicto, terminan pagando sus consecuencias.