Análisisjueves, 13 de julio de 2017
“No le busquemos tres pies al gato”
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Si cerca de usted pasa raudo un jovenzuelo y accidentalmente o sin querer queriendo lo avienta, le da un zape, le mete zancadilla o de plano lo tira al suelo y al no encontrar otro improperio más dado a la ocasión y lo único que se le ocurre es gritarle “Muchacho ordinario, bellaco, careto, canijo, mentecato, etc.”, lo más seguro es que no entienda absolutamente nada de lo que le está diciendo, ya que para él como para la mayoría de los modernos tales expresiones son auténticos arcaísmos, modismos, frases y manifestaciones en desuso que sólo nuestros abuelos o bisabuelos utilizaban cuando incurríamos en alguna maloreada en contra de su integridad; menos entonces, comprenderán dichos, refranes, frases y sentencias de aquellos tiempos. Ilustrémoslos, entonces con los siguientes:
Apelaremos para el efecto al “Abecedario de dichos y frases hechas”, de Guillermo Suazo Pascual, que se dio a la tarea de elaborar un bien documentado repertorio de esas formas y su significado. Así tenemos “Brillar por su ausencia”, cuyo significado recomienda el autor buscarlo con toda su carga irónica en el historiador latino Tácito que en su obra Annales, al narrar los funerales de Junia, Viuda de Casio y hermana de Bruto, cuenta que faltaban los retratos de estos dos por ser los asesinos de César.
En los funerales romanos solemnes se llevaban en procesión delante de la urna funeraria los retratos de los antepasados y parientes del difunto, cuenta Tácito que los de Casio y Bruto no aparecían en la procesión y su ausencia fue notada por todos. Algunos achacan el origen de la frase a la ausencia de cierta dama de la nobleza, cuyo palco fue el único que apareció vacío, en la inauguración del Teatro Real de Madrid en noviembre de 1950. Se utiliza pues para llamar la atención sobre la ausencia de una persona o cosa en el lugar que era de esperar.
Es común que nos metamos en lo que no nos llaman o en lenguaje coloquial en lo que no nos importa. Los doctos pulen ésta reflexión al decir “meterse en camisa de once varas”. Según esto tiene que ver con la ceremonia que se realizaba en la edad media a la hora de adoptar a uno como hijo: el padre adoptante le hacía pasar al hijo adoptado por la manga muy ancha de una camisa y lo sacaba por el cuello para terminar dándole un beso en la frente. Como a veces las adopciones terminaban mal, se aconsejaba al que buscaba ser adoptado que se lo pensase, que no se metiera en camisa de once varas.
“Hablo el buey y dijo: ¡Mu!”. Dice Suazo que su origen se encuentra en los cuentos populares, a veces recogidos en fabulas, que tratan el tema de animales “ignorantes”; en este caso se trata del buey, en otros el protagonista es el asno. Hay una poesía de Juan Bautista Arriaza, en la que un ruiseñor y un canario rivalizan ante un buey por su melodía; dicha poesía termina así: “Decidle la cuestión tu”, dijo el buey al ruiseñor; y, metiéndose a censor, habló el buey y dijo: “Mu”. Se adjudica a los que por temor, ignorancia o cortedad suelen estar siempre callados; pero que cuando hablan es para no decir nada importante o para decir algún disparate o burrada.
“Buscarle tres pies al gato”. Esta frase, según la obra a que aludimos publicada por EDAF, es una deformación de la originaria: buscarle cinco pies al gato, y no tiene más que cuatro; y se añadía otra coletilla burlona: “No, que son cinco con el rabo”. La originaria ya aparece en Sebastián de Covarrubias, Tesoro de la Lengua Castellana de por allá de 1611 y en Gonzalo Correas.
En el Quijote ya aparece la expresión actual “Buscarle tres pies al gato”. Parece que surgió porque alguien se empeñó en demostrar con todo tipo de razonamientos que el rabo, la cola del gato, era su quinto pie o pata. Y se atribuye a los que con razonamientos falaces o incluso con mentiras pretenden convencer a otros de algo imposible; también a los que buscando retorcidas vueltas y recovecos a algo evidente, agotan la paciencia y provocan el enfado de alguien.
Existe asimismo una rimbombante expresión utilizada a menudo por los pseudo eruditos que exclaman: ¡Nobleza obliga!, endilgada al Duque de Levis, ya que aparece entre sus máximas y reflexiones; sin embargo, tomó la idea del filósofo latino Boecio, en una de sus obras. Lo cierto es que desde este último la idea fue repetida por muchos autores hasta que el Duque dio con la formula exacta.
Tan famosa se hizo que en 1859 se estrenó una comedia titulada Nobleza Obliga, del francés Keraniou. Con su uso se trata de resaltar que es justo reconocer los fracasos propios o los éxitos ajenos, aunque cueste trabajo y parezca humillante. También, para indicar que, si hemos sido objeto de buen trato en ocasiones anteriores, hacer lo mismo en situaciones presentes en justa correspondencia.
Aquellos jóvenes viejos o viejos jóvenes que “Se echan una cana al aire”, con su actitud hacen presente el afán de transformar la vejez en juventud, arrancando las canas, sinónimo de vejez. Hoy, en vez de echar las canas al aire, muchos se las tiñen en su casa, en la peluquería o al aire.
Se trata con ello de esparcirse, divertirse, permitirse una expansión que sale de la rutina diaria; aunque se aplica con frecuencia a personas mayores que hacen cosas impropias de su edad, también para definir la diversión de alguien que no lo hace seguido. A veces adquiere matices sexuales, estar con una mujer, tal vez, por la edad o por lo poco habitual de esa “aventura”.