El Viernes Santo reivindicó su significado de oración, reflexión y gratitud hacia Jesús, quien no dudó en dar su vida por salvación de los hombres y el perdón de los pecados
Ante la inseguridad y los altos costos, las familias de Durango eligen los balnearios locales para pasar sus vacaciones de manera muy segura y priorizando la convivencia sana
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. . . Los principales sacerdotes y todo el Concilio Supremo* intentaban encontrar testigos que mintieran acerca de Jesús para poder ejecutarlo. Entonces el sumo sacerdote le dijo: —Te exijo, en el nombre del Dios viviente, que nos digas si eres el Mesías, el Hijo de Dios. Jesús respondió: —Tú lo has dicho. . . . Entonces el sumo sacerdote se rasgó las vestiduras en señal de horror y dijo: «¡Blasfemia! ¿Para qué necesitamos más testigos? Todos han oído la blasfemia que dijo. ¿Cuál es el veredicto?». «¡Culpable! —gritaron—. ¡Merece morir!». (Mat 26:57-68)
El juicio de Jesús fue de los más injustos que haya existido en la historia de la humanidad. Desde el punto de vista de los cargos, del proceso y de la ejecución, es un juicio absurdo, corrupto e inmoral. La frase del sumo sacerdote “¿Para qué necesitamos más testigos?” todavía resuena en nuestros oídos y está vigente como nunca antes en una sociedad para la cual Cristo es un mito o, en el mejor de los casos, un profeta moralista, cada vez más atea, la cual quiere “deshacerse” del Hijo de Dios, de Jesús, nuestro Salvador.
El beso del discípulo amigo testifica contra todos nosotros. Pues en Judas nosotros también lo traicionamos. Y si nos parece muy fuerte la comparación, pensemos en el bien intencionado Pedro, quien no pudo sostener su testimonio frente a una criada curiosa. Sea que nos identifiquemos con el remordimiento del Iscariote o el lloro amargo del hijo de Jonás, la realidad es que quienes presumimos de seguir a Cristo fracasamos en algún punto del camino y también lo dejamos solo. ¿Para qué necesitamos más testigos?
Por no escuchar a su esposa, Pilato pasó a la historia como un pusilánime. Ahí andaban echándose la pelota con Herodes, haciendo migas para una eternidad oscura. Se lavó las manos. Barrabás testifica contra ellos. El culpable por el inocente. Y los soldados no se quedan atrás, quienes abusaron innecesariamente de la espada con bofetadas, insultos y escupitajos. La lúcida declaración del centurión en el Gólgota finalmente testifica contra ellos y vindica al nazareno: «Verdaderamente este era el Hijo de Dios». ¿Para qué necesitamos más testigos?
Finalmente, lo más duro: «¿Elí, Elí, por qué me has abandonado?». Esta vez no se escuchó la voz del Cielo que daba testimonio del Hijo, como había sucedido en el Jordán, o en el Monte de la Transfiguración. Esta vez Jesús estaba solo, como en Getsemaní. La creación no pudo contenerse y se manifestó en forma de oscuridad; a pleno mediodía, la tierra tembló, los sepulcros se abrieron y el velo del templo se rasgó. El Padre no pudo hablar. No quiso. Ahí estaba el doloroso pero amoroso silencio de Dios. ¿Para qué necesitamos más testigos?
Jesús no necesitó testigos que lo defiendan, pues a él nadie le quitó la vida, antes bien la puso por nosotros, por amor: «Nadie puede quitarme la vida sino que yo la entrego voluntariamente en sacrificio. Pues tengo la autoridad para entregarla cuando quiera y también para volver a tomarla. Esto es lo que ordenó mi Padre». (Juan 10:18) ¿Para qué necesitamos más testigos?