Análisisdomingo, 8 de marzo de 2026
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Este domingo 8 de marzo se recuerda a nivel global el día de la mujer, oportunidad importante para resaltar su dignidad y el gran valor de todo lo que a nivel familiar, social y espiritual aportan. Y la liturgia nos presenta, precisamente, el encuentro de Jesús con una mujer, la samaritana. Dejemos que este episodio nos oriente y nos hable de la mujer vista desde Jesús, desde Dios.
El episodio evangélico del capítulo cuatro de San Juan, nos presenta a una mujer buscando agua. La sed representa, sin duda, la necesidad del vital líquido, el agua, pero también el deseo interior de las cosas esenciales de la vida, el anhelo de plenitud. Una mujer que anda buscando el sentido de su vida. Curiosamente, al encontrarse con Jesús, es Él el que le pide de beber, es como si le estuviera diciendo: ¿qué tienes para ofrecerme en tu vida? La mujer se niega, eres diferente, no eres de mi raza, de mi género, ¿por qué tendría que darte algo?
Y es aquí cuando viene lo fundamental del texto: «si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva». Jesús le ofrece algo mucho más grande a esa mujer. Ella busca saciar su sed en pozos que se agotan, Jesús le ofrece un agua que salta «hasta la vida eterna».
Muchas veces tenemos la tentación de buscar saciarnos en cosas de este mundo, cosas materiales, vanidades, fama, etc.; es como si quisiéramos llenarnos en cisternas agrietadas, en metáfora del profeta Jeremías. El problema es que quien «bebe de esa agua volverá a tener sed». Por eso, se debe buscar la plenitud en lo alto, no en lo bajo; más allá de las cosas de este mundo, por encima de la razón, no debajo de ella.
Quien busca el amor, no se puede saciar solamente con un amor humano, que es falible e imperfecto. Por eso Jesús le pregunta por su esposo en el mismo pasaje. Ella ya iba por el sexto, pues cinco había tenido y con el que estaba ahora no era su marido. Ella buscaba saciar su sed en amores humanos que no dejaban de decepcionarle. Ahora ha encontrado ese Amor que le hace amar mejor, porque hizo que pusiera su mirada en lo que dura para siempre. Jesús nos potencia hacia la trascendencia y nos hace mejores humanos.
Dicho esto, conviene dirigir una palabra a todas las samaritanas, a todas las mujeres hoy en su día: no se conformen con pozos de agua, con cisternas agrietadas, vayan a la fuente a beber agua que salta hasta la vida eterna, vayan a Jesús, a Dios. Su feminidad es un tesoro que Dios ha esparcido en este mundo, háganla florecer desde el Señor y todo será mejor a su alrededor. Pidan a Jesús de esa agua y alcanzarán eternidad.