Análisisdomingo, 15 de febrero de 2026
La justicia mayor
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Este domingo la liturgia nos presenta el llamado de Jesús a buscar la plenitud de la ley y una justicia mayor que la de los escribas y fariseos. Así lo pide Jesús en el corazón del Evangelio, el sermón del monte: «No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud. Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley. Por lo tanto, el que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos. Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos». ¿Qué exigencias podemos destacar hoy para nosotros?
Muchas veces pensamos la ley como un compromiso opresor que tengo que cumplir como obligación. La ley se impone y el transgresor es castigado. Se trata de una visión miope, pues no alcanzamos a ver más allá de las prohibiciones y nos sentimos sometidos a un estilo de vida cuadrado desde lo que las normas nos dictan. Pongamos un ejemplo: la ley nos dice que si un semáforo está en rojo, se debe detener el avance de medios de transporte o peatones. Si se infringe la ley, existe una multa. Ahora bien, pocas veces pensamos que el cumplir esa la ley es para nuestro bien, porque no solo evitamos accidentes, sino que contribuimos al orden en la circulación y, por lo tanto, a un más rápido avance para llegar a nuestros destinos. Si no hubiera semáforos en rojo, todo sería un caos y los trayectos de un lugar a otro serían harto difíciles.
La ley, por la tanto, busca un orden o, dicho con otras palabras, es un camino para vivir mejor, una especie de camino hacia la verdadera libertad. No se trata de oprimir, sino de vivir más libres. Porque el respeto de la ley no tiene como objetivo coartar, sino promover, no busca prohibir, sino que cada uno pueda aprovechar todo mejor, respetando y siendo respetado.
Con esta premisa, Jesús nos llama buscar la plenitud de la ley, no el cumplir por el cumplir, no el sentir un peso, sino buscar lo positivo, una mirada más allá de lo inmediato. Por eso nos pide que no pensemos solo en no matar, sino en no ofender ni maltratar a nuestro prójimo; no sólo en no cometer adulterio, sino en no tener una visión utilitarista de las relaciones de pareja; no solo en no jurar en falso, sino en no utilizar palabrería vana. La plenitud de la ley está en el sentido de lo que se busca orientar para vivir mejor, así si yo no mato y no ofendo, mi vida es más tranquila; si yo no cometo adulterio ni estoy sometido a la lujuria, entonces encuentro equilibrio emocional; si yo no vivo de la mentira ni trato de encontrar una justificación para todo, entonces no tengo nada que esconder. Mi vida es más libre, es mejor.
Y así mi justicia es mayor, ya que la visión bíblica del «justo» es la de aquel que se mantiene en la plenitud de la ley. Vivo mejor yo y dejo vivir mejor a los demás. No me conformo con simular o con cumplir por la fuerza las cosas, sino por el sentido que tienen y por la tranquilidad que me dan. Ya no la siento como un yugo que me oprime, sino como un bastón que me ayuda a caminar. Entonces soy me convierto en «justo», me convierto en una mejor persona, me convierto en un auténtico seguidor de Jesús que es camino, verdad y vida. El cumplimiento de la ley en plenitud nos hace tener una justicia mayor que la de los escribas y fariseos.