Los hijos “perfectos”
Educar para la vida
Los padres en general tenemos una gran necesidad de parecer perfectos ante los ojos de los demás.
Muchos, en lugar de reconocer y atender los problemas familiares, los ocultan a consta de los que sea, para que nadie se entere y aparezcan como “la familia perfecta”, “la familia feliz”, la “familia ideal”.
Con bastante frecuencia también, se sacrifica el amor, la autoestima, la confianza o el bienestar de los hijos con tal de que éstos sean vistos como “perfectos”.
En realidad hay que preocuparnos o bien ocuparnos de ese tipo de hijos, que no cuestionan, no desobedecen las normas aunque sean absurdas.
Si hablamos de los hijos perfectos, ellos viven bajo presión todo el tiempo y sólo por mantener su perfección, porque de ella depende no sólo la autoestima de sus padres y el valor que se dan a sí mismos.
Los hijos “perfectos” dan sentido a la vida de los padres y el hecho de que permanezcan juntos.
A consta de lo que sea, de su propia paz o bien de su salud física, ellos deben seguir siendo héroes y obteniendo un 10 en cada área de su vida.
Los padres de hijos “perfectos” podemos ver que los presumen a diestra y siniestra, sus calificaciones perfectas, sus premios, sus habilidades, sus fortalezas y en cada faceta que realizan existe la perfección.
Creo que es imposible vivir con ese estrés sin afectar otras áreas de su vida.
Los hijos perfectos no existen, son niños o jóvenes tristes.
Si algo tenemos que tener muy en cuenta es que podemos educar a nuestros hijos en la cultura del esfuerzo y les debemos exigir, de eso no hay duda, pero todo tiene un límite.
La dicha de acompañar la exigencia con una base afectiva, pues de lo contrario nuestros hijos perfectos serán sólo niños tristes.
Y podemos observar a cada niño o joven en lo siguiente:
• Pasividad y dependencia: Podemos ver un niño acostumbrado a que se le diga lo que tiene que hacer, no toma decisiones por sí mismo, y busca constantemente la aprobación externa, el niño pierde su espontaneidad y su libertad personal.
• Ocultan sus emociones: Los hijos perfectos ocultan sus emociones y se ajustan a “lo que hay que hacer”, esa represión emocional por llamarle de alguna manera trae consecuencias a corto y a largo plazo.
• Tienen baja autoestima: Un niño o un joven acostumbrado a la exigencia externa, no tiene autonomía ni capacidad de decisión, pues se crea una autoimagen muy deteriorada o negativa.
• Manejo de la frustración: El rencor y el malestar interior puede traducirse a ser agresivo.
• Ansiedad: Este es otro factor característico de los hijos educados con exigencia, cualquier cambio o bien una nueva situación les causará inseguridad personal y un alto grado de ansiedad.
Si queremos tener niños, jóvenes y más adelante adultos infelices, hay que criar niños perfectos.
La presión de la exigencia les va a acompañar siempre y aún más si basamos su educación en la ausencia de refuerzos positivos y de afecto.
Claro que como padres, deseamos que nuestros hijos tengan éxito, pero también deseamos que sean personas felices y con inteligencia emocional.
No deseamos que durante su adolescencia desarrollen depresión o que sean autoexigentes con ellos mismos, que sepan tomar decisiones de manera asertiva, que se permitan cometer errores.
Podemos diferenciar entre una educación basada en la exigencia más estricta y de aquella que está basada en la comprensión y en una conexión emocional con nuestros hijos.
• Los padres muy exigentes y críticos, suelen presentar una personalidad insegura que necesita tener bajo control cada detalle que se presenta día a día.
• Mientras tanto los padres compresivos impulsan a sus hijos hacia el logro y eso les permite explorar, sentir y descubrir.
• Son guías y no se permiten colocar hilos a sus hijos para moverlos como marionetas.
• El padre exigente tiende a ser autoritario, va siempre a contrarreloj, marca normas, reglas y decisiones por encima de otras personas para ahorrar tiempo y les dejo la típica frase “porque soy tu madre/padre”.
Al conocer el valor del esfuerzo, sin atender únicamente los resultados obtenidos, podrá ver un panorama más amplio, lleno de colores y posibilidades, no siempre tendremos frutos buenos, así que hay que caminar juntos y saborear cada esfuerzo.
Presionar a los hijos exigiéndoles continuos éxitos, avergonzándolo cada vez que no llega a una meta o no llega en primer lugar o haciendo comparativas, los pone en desventaja en su camino a la adultez. Siempre habrá alguien más alto, más guapo, más listo.
Podemos mirarnos en un espejo y midámonos nosotros mismos igual que medimos a nuestros hijos. Hay que potenciar su autoestima, recompensando el esfuerzo, valorando su trabajo y estimulando sus ganas de aprender.
“Cree en ti, y lograrás lo que te propongas”.
Elizabeth Patricia McPherson Hernández. Doctora en Educación. Directora académica de Universidad Kino Hermosillo-Guaymas
Correo: elymx77@hotmail.com
Twitter: @elymcpherson
















