Hace apenas un año, a días que Trump asumiera su segundo mandato en la presidencia de EU, aquí integramos sus principales amenazas contra Latinoamérica en la ruta arancelazos – deportaciones – invasiones, y es seguro que por entonces nadie imaginaba hasta dónde sería hoy realidad. Tras la intervención militar en Venezuela para detener a Maduro (con el argumento de un narco terrorismo y supuesto cártel de los Soles que se fue como la luz cada tarde) y la instauración pragmática de un gobierno provisional de estructura chavista, que tiene la exigencia de facilitar la entrega de sus recursos petroleros a Estados Unidos, se abre un capítulo más en el camino irrefrenable a la autodestrucción humana. El imperio contraataca, veremos de qué es capaz la bestia al saberse mortalmente herida.
Imparable y desesperado por borrar un pasado personal que cada vez le pisa más de cerca los talones, Trump ahora va por Groenlandia y Cuba, al menos. Quién diría que en pleno tercer milenio la división imperial del planeta ha vuelto, tal vez nunca se fue; el robo colonial de naciones dominantes a las menos favorecidas vuelve a ser normalizado, y avanzamos hacia ese orden mundial de concentración de poder global que hasta hace una década nos parecía historia absurda de teorías conspiranoicas. Organismos y coaliciones internacionales como la ONU y en breve la OTAN dejan de tener sentido, de este lado Estados Unidos alardea que le pertenece todo el hemisferio que comparte con las naciones de Latinoamérica, y en la práctica se lo está asegurando sin que nadie pueda impedirlo y ya sin recato, diplomacia o importancia a ideologías como a finales del siglo xix o en la década de los setenta.
¿Qué si es capaz de intervenir en México? Por supuesto, lo hará en cuanto sea necesario a sus delirios tiránicos o para desviar la atención del pasado detrás de su bragueta. Lo hará, vía terrestre y militar de manera abierta, o encubierta a través de sus agencias como nunca ha dejado de hacerlo, y el gobierno de la 4T, tan afín a la simulación, dirá que fueron “acciones coordinadas” en el combate a la delincuencia y seguirá retacando sus discursos de una soberanía inexistente pues no le quedará de otra, como no le quedó de otra al contener migrantes en territorio mexicano, como no le quedará en las renegociaciones del TMEC ni un día que deban ser entregados datos de los mexicanos exigidos hace un par de años, que hoy son recabados.
Se vienen tiempos duros, más duros que hasta el día de hoy en una radicalización cuyos límites no conocemos hoy. Cuando a todos se nos impone asumir una postura en la realidad ante los conceptos de geopolítica, cuando en medio de la posverdad las acciones se desgastan sólo la palabra continúa siendo espacio de resistencia, de disputa en lo más profundo. Palabra que atienda el momento de la historia que nos ha tocado vivir; palabra crítica sin miedo a los errores de gobiernos progresistas y el ciclo de los extremos que parece condenarnos a un nefasto eterno retorno; palabra que, a pesar de todo, denuncie y aliente. Vamos a necesitar tanto de las palabras. Ojalá, quienes hoy celebran o desdeñan las acciones de Trump, no terminen también lamentándose por haber escupido al cielo.