Tan sólo una semana después que Sheinbaum y Trump realizaran una llamada telefónica donde acordaron diversas acciones para pausar durante un mes las amenazas sobre México (que aquí fue motivo de un exagerado orgullo patriótico y aplausos que quisieron congraciarse con la Presidenta), este lunes Trump anunció el establecimiento de irracionales aranceles a todas sus importaciones de acero y aluminio, de las que México es su tercer principal proveedor, aunque se ve complicado que los estadounidenses puedan implementar cuotas comerciales de manera absoluta sin serios riesgos inflacionarios en su propio territorio y, más aún, que ello sea una de las soluciones a su falta definitiva de absoluta hegemonía global.
Mientras tanto, el secretario de Estado Marco Rubio avanzó en la agenda intervencionista estadounidense sin muchas resistencias por parte de Costa Rica, Panamá, Guatemala y República Dominicana, así como la complacencia del gobierno salvadoreño. En el resto de América Latina, y después del caso de Colombia por la extradición de indocumentados, pocos parecen estar dispuestos a entrar en disputa con Estados Unidos, donde gobiernos como los de Argentina y Ecuador, hoy plegados a la sombra de la lengua trumpista, también sufrirán los efectos de la nueva andanada imperialista.
Si sumamos las deportaciones masivas y sin mínima consideración a derechos humanos, así como los rastreos militares estadounidenses en aguas y aires internacionales que ya prevén acciones unilaterales en suelo mexicano, es un hecho que hoy Estados Unidos no es un socio confiable y que ya no opera el acuerdo comercial en Norteamérica sino un triste intento de abierto sometimiento. Hasta el momento no parece haber quién detenga la trasnochada agenda imperialista de Trump, cuyos amedrentamientos han doblado a prácticamente todos sus pares en el mundo. Sucederá, sin duda alguna, pero no sabemos cómo ni cuándo.
Nuevamente la historia coloca a América Latina frente al desafío de construir alternativas productivas y económicas que no dependan tanto de los estadounidenses, generar opciones viables de cooperación y desarrollo en el nuevo orden global que ya está en marcha, y al cual EU intentará resistirse por todas las vías posibles. Representa un gran reto fortalecerse en lo interno, buscar nuevas alianzas regionales y otras vías al comercio exterior, pero eso o la eterna subordinación.
Por lo pronto, en México más allá de exaltados nacionalismos y apelar a una soberanía que de hecho ya es ultrajada, todos los sectores deben cumplir su labor. La iniciativa privada ha de transitar a reales aparatos productivos y no mantenerse en la plácida complacencia de estar subcontratados maquilando a corporativos estadounidenses, aunque hoy los supuestos líderes empresariales están más ocupados en mantenerse incorporados al coro del discurso burocrático y ofrecer con demagogia a los migrantes los mismos empleos precarios ante los cuales huyeron del país (¿los aplausos no cansan y la saliva no cuesta, verdad?); mientras, desde Palacio Nacional se debe avanzar, de manera concreta, en la lucha frontal contra la delincuencia, pues las acusaciones directas de complicidad entre gobierno y narcotráfico serán una herramienta de presión estadounidense cuando Trump así lo quiera, más aún cuando ejemplos como los de Sinaloa, Guanajuato o Tabasco parecen darle la razón, o el pretexto ideal, para continuar su descarada injerencia.