Está en las casonas que asumo igual de rotas; que adentro, han ido cambiando y mejorando para aguantar los tiempos.
Ahí, donde murió una capital,nació una ciudad. Donde estaba un imperio, ahora es un país. Donde antes iban tantos, ahí, en Antigua, siguen visitando.
Espero que la humanidad siga así. Que los tiempos no sean sinónimo de olvido. Que ahí, donde anduve, esté lo más auténtico de nuestra especie: el seguir cuando todo nos pide morirnos.
Ahí estuve. Allá anduve. Aquí lo pienso.
Ahí, en Antigua. Ahí, donde le ganamos al tiempo.
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Ahí, donde descansan las montañas y se congregan los temblores; ahí, donde el fuego sale de la tierra y la neblina oculta los colores. Ahí, justo ahí, donde hace poco anduve y por siempre recuerdo, ahí es que sigue la gente cuando mueren los pueblos.
Una ciudad tan vieja, que su nombre es ahora el de un museo—cerrado y recordado, solamente, por mapas anticuados—; su país, incluso, ha mudado ya las letras que antes acostumbraba para describirse a sí. Antes, el nombre era sinónimo de un poblado; ahora, abarca lagos, planos y bosques—esos que se extienden por América, en su centro—. Ahí, ya tan lejos; ahí está Antigua. Ahí está el destino de naciones y de viejos.
Lo tuve aquí, frente mío. Y a los lados y por detrás. Lo tuve en los suelos de piedras que motos surcan con velocidad y en los cielos azules tornados opacos por tropicales vientos. Lo tuve aquí; aún lo puedo palpar. Si extiendo la mano y cierro los ojos, siento la superficie rugosa de sus ladrillos carcomidos por el tiempo. A mis suelas, aún les entra el agua turbia de lluvias matutinas al brincar, accidentado, en charcos escuetos. Y en mis oídos aún suenan los pregoneros con acento guatemalteco.
Allá estaba Antigua; no tan lejos. A un viaje escaso de la capital donde recién llegaba yo y dejaba mis maletas al resguardo de un hotel. Estaba allá, a una hora, por una carretera hecha larga ante el tráfico inclemente y curvas que dictan los contornos de montañas verdosas. Del trayecto, recuerdo poco, más que el aquí reemplazó al allá. Antigua se hizo, a mi llegada, en la totalidad de Guatemala.
Es un pueblo de fachadas; de esas que interrumpen la vista a las montañas. Ahí, una vez das la última curva de la autopista y el concreto da paso a las calles longevas, las casas en sus colores cautivan. Olvidas—olvidé yo, sin duda—que alrededor abundan las sierras florestas a tu alrededor y, allá, tan cerca, están volcanes que la gente escala por aventuras modernas ocultando deseos suicidas.
Ahí, en Antigua, más que los tonos pasteles de sus paredes o los marcos imprecisos de sus puertas ha mucho tiempo trazadas, domina el tiempo, por siempre presente. Ahí, donde andaba—anduve y, en mis recuerdos, ando todavía—los techos de adoquín sirven de abono para arraigadas plantas; esas que decoran, con líneas rectas, tirando al cielo, las curvas intencionales de cada pieza. Cada tanto, las capas perpetuas de pintura, dejan ver algún grabado sobre la piedra; con suerte, un restante que supongo, en mi ignorancia, era estuco.
Detrás de ello—ahí, oculto por la fachada—está la Antigua auténtica; esa de la que no me puedo olvidar. Aún estando aquí, pienso en el allá. No la de calles que todos fotografían o ese arco amarillo—coronado por un reloj—; ese que se mantiene taciturno a pesar de tanta tendencia al temblor. Tampoco la de visas aéreas. Hablo de esa Antigua sincera. La que está ahí, detrás de tantos modernos poemas.
Está ahí—aquí la tuve tan cerca—. Lo prometo. Está en el puñado de conventos espolvoreados por sus calles, que mantienen muros de piedra imponiendo su grandeza. Detrás suyo, los temblores del siglo dieciocho, hicieron estragos y dejaron—cuán poco dejaron—; dejaron tan solo unos cuantos arcos y cuartos mal cuidados. Los techos se desvanecieron hace tanto que pareciera manía de los arquitectos crear cuadrados perfectos para enmarcar los cielos. En medio, casi siempre, hay una columna caída, dejando tan cerca—ahí, en frente—las decoraciones clásicas que decoraban los techos.
Está, ahí, sobre todo, en esa capilla blancuzca que fue catedral; frente a un parque frondoso. Esa que se entra por un lado y donde las cúpulas por montón han caído presas de temblores. El piso, antes refinado, ahí es ahora de tierra y, como elegía a lo ausente, apun colocan macetas con buganvilias de tantos colores.
Ahí, entre esas ruinas por montón; ahí está Antigua. Es el eco de un mundo tan cercano—escasos siglos, no más—; una vida víctima del ocaso. Catedrales abandonadas y conventos destrozados. La zozobra de saber se viene el final.
Parado, ahí, entre las ruinas, pensaba en cómo nos habían de recordar. Tocando las columnas tortas de la capital y viendo como quedan. solamente, círculos que sostuvieron sus bóvedas. Si este pueblo, antes, de un reino, capital, cayó; si Antigua dejó de ser Santiago de los Caballeros, ¿qué pueden esperar mis huesos que cubren, tan solo, un par de músculos, piel y un millar de pelos? El tiempo pasa y que nosotros, pasamos con ello.
La tristeza, sin embargo, me duró poco. Lo supe cuando salí de la catedral por su puerta trasera y vi que, ahí fuera, andaban diez turistas entusiasmados. Que yo, como ellos, había venido de lejos para ver lo que quedaba; que incluso—toca reconocerlo—saqué también mi teléfono y, con entusiasmo, fotografía esas calles tan coloras.
Ahí estaba yo, andando por una ciudad antigua, emocionado. Ahí anduve, pensando en el pasado y haciendo esfuerzos por recuperarlo. Aún si me fue imposible entender la magnitud de su catedral o rescatar los colores de cuartos donde vivían las monjas; aún así, como otros tantos, decidí pasar por Antigua pasar y ver como una ciudad abandonada volvió a la vida. Como, ahí, la gente hace esfuerzos por pintar las piedras de antaño y otras las admiran con devoción.