El Seminario sobre Violencia y Paz, del Colegio de México, llama a transparentar los algoritmos pues facilitan la exposición prolongada a contenidos del crimen
¿Te quedas fuera de la conversación? Mandamos a tu correo el mejor resumen informativo.
Mi conocimiento de los olmecas es limitado. Hecho que, como otras deficiencias en mi saber, he adjudicado al poco interés que, como especie, le damos a ciertos momentos del pasado y la deficiencia, más individual, de mi educación primaria. Ambos juicios, ahora, los considero errados y en ese errar, hay algo más profundo
Algo que me causa una nueva forma de empatía hacia los profesores que, por años, había criticado y que, de momento, entiendo hacían cuanto era posible para vislumbrar los misterios intencionados de la historia. Y que me hacen pensar que, sí sé poco, quizá es porque hay poco por saberse—y quizá, eso es una tragedia en sí misma tan grande como nuestros modelos arcaicos—.
Pero eso último—el que había algo más profundo en mi ignorancia—lo entendí después, cuando, guiado por el deseo de llenar los huecos de mi conocimiento, como he hecho con otros tantos en mi vida adulta, decidí ir al material de los libros. Fui a La Venta; la ciudad más importante de la cultura olmeca.
Fui porque estábamos ya cerca y, por unas horas más, podría ponerle más detalles a esos grandes ancestros que sabía, tan solo, que fueron los primeros en establecerse en México, que lo hicieron en la cuenca del Usumacinta y que tenían una fijación por hacer cabezas colosales; esas que todos los alumnos mexicanos han visto retratadas en un libro o dos. Contaba con encontrarme con un par de placas, quizá un museo y los vestigios de una civilización ha siglos olvidada, tanto que su nombre está en náhuatl y sus ciudades en español; de su lengua no quedan ya los sonidos, llevándolos el viento.
De los olmecas quedan, tan solo, sus cabezas sin saber, siquiera, por qué las hacían o la forma detallada de los lugares donde estaban. / José Luis Sabau
Esperaba, por los méritos que había escuchado—por la primicia entre otras culturas—una urbe grande y de andares trazados; piedras lavadas por los siglos y murales que perduran, en tonos tenues, contando sus historias. Lo esperé en la carretera donde me negué a buscar más que la dirección—misma que confundimos con el centro del pueblo aledaño donde aprecié el bache más grande que me he encontrado en el país—; lo hice, también, al llegar a la entrada del lugar, donde una réplica de las cabezas olmecas indica el principio de un amplio y mayormente vacío estacionamiento—.
Lo esperé, también, en la antesala del museo donde albergan las estatuas y cerámicas más notorias del lugar y te preparan, con infografías contadas, para recorrer el sitio a un costado, bajo aviso de la presencia abrumadora de mosquitos. Esperaba, en resumidas cuentas, que se me apareciera La Venta en su esplendor como lo habrán vivido, en sus momentos, los olmecas o al menos que quedaran las ascuas de lo que fue una gran fogata.
Subí ese cerro para ver, desde la cima, lo que era La Venta; lo subí sin saber si ese sería el camino que siguieron los olmecas hace años o si, por los siglos, ahora nos montábamos por un sendero improvisado. / José Luis Sabau
Mi esperanza duró unos quince minutos que es lo que toma caminar del museo al Complejo C, pausando en la primera cabeza olmeca. Lo que encontré fue un abandono categórico. Los edificios que se detallan en mapas dentro de su museo y que aparecen en los registros del INAH, ya solo existen en el papel. De La Venta, lo que queda son relieves donde la tierra y la humedad han ido comiendo las rocas que, hace siglos, eran templos. Para llegar, ni siquiera hay un sendero propiamente dicho; hay un pasto más compacto por donde la gente ha andado y un par de letreros que te sugieren, a lo lejos, hay algo más que ver.
No hay edificios ya; quedan, apenas, las esculturas gigantescas que antes habrán estado en medio de lo que era una ciudad y ahora es la nada. Aparecen grisaceas sobre un verde monótono; sin explicación. Testarudas, viendo cómo pasan los siglos. En el camino, por las lluvias, se forman ligeros pantanos que, de ir desprevenido, terminan llenándote de lodo. Mismos que evades y deambulas en un intento por encontrar lo que queda de La Venta, dudando, a cada paso, si queda, siquiera, más que el recuerdo de la ciudad.
Al centro, un cerro enorme se alza y, por unas escaleras de entre tierra y madera, se puede subir a lo que, hace siglos, fue el edificio más alto que había logrado una civilización. Es lo que queda. Más adelante, aparecen otras cabezas y estatuas sin órden aparente y, más lejos, entre la jungla, una estatuilla te sugiere que entre la maleza, hay otros monumentos que ver si sigues un sendero que se va bifurcando hasta que, por miedo, decides volver.
Subí ese cerro para ver, desde la cima, lo que era La Venta; lo subí sin saber si ese sería el camino que siguieron los olmecas hace años o si, por los siglos, ahora nos montábamos por un sendero improvisado. Ya arriba, no hay más que una planicie y una estructura que, por las barras de acero en su centro, he de suponer que era más nueva que los olmecas por un par de siglos. Arriba hay una placa que, en un acto de justicia divina, habla del entorno natural, sugiriendo lo que, hasta entonces, era evidente. Que frente tuyo no hay más que árboles y valles; que hay pueblos modernos y calles pavimentadas; de la Venta, no hay nada. De los olmecas quedan, tan solo, sus cabezas sin saber, siquiera, por qué las hacían o la forma detallada de los lugares donde estaban.
Quedan, tan solo, unos cerros y sus esculturas; un par de zopilotes que, en su vuelo, sugieren grandeza. No queda más de La Venta. No queda más de los olmecas. / José Luis Sabau
Arriba, ya a punto de partir, llegaron dos zopilotes a dar vueltas. Dos aves negras, con sus alas alzadas, jugando con el viento. No sé qué veían o a qué vinieron. Me gusta pensar que estaba ahí para sugerir que algo habría; que por siglos sus linajes habían volado en círculos por esos templos; que otros zopilotes del prehispánico ahí anduvieron y que vieron lo que a nostros ya no nos tocaba. Que en ese vuelo había un reconocimiento del valor en la altura erigida por ese cerro, aún si de los olmecas ya no queda más que piedras y esculturas.
Así salí de La Venta, sabiendo prácticamente lo mismo de los olmecas con lo que había entrado, pero con la certeza espeluznante que no había tanto más que aprender. Que si en libros aparecen las cabezas solas es porque así quedaron, siglos después del colapso de la urbe. Queda, tan solo, unos cerros y sus esculturas; un par de zopilotes que, en su vuelo, sugieren grandeza. No queda más de La Venta. No queda más de los olmecas.