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La importancia del Programa Cultural de las Fronteras, durante el sexenio de Miguel de la Madrid y especialmente bajo la dirección de Alejandro Ordorica a partir de 1986, llevó a Víctor Flores Olea, como presidente del recién nacido Conaculta, a ratificarlo en su cargo. No olvido el momento en que, reunido con sus colaboradores, llegó la llamada para darle la noticia.
Es un episodio dentro de mi desarrollo profesional que me llena de emoción, por el reconocimiento que implicó a un servidor público que no era parte de la camada que acompañaba al presidente Salinas. Era entonces director de la Frontera Norte, con 27 años. Despachábamos en el segundo piso de la emblemática Casa del Marqués del Apartado, en la calle de Argentina. Desde la oficina del subsecretario de Cultura de la SEP, Martín Reyes Vayssade, se veían a plenitud los vestigios del Templo Mayor.
En la agitación del salinato cultural, sumarnos al rediseño institucional, era un desafío de innovación. El enorme poder de Flores Olea y de sus cercanos, entre ellos el doctor Gerardo Estrada, es un fenómeno que después de tantos años sigue siendo objeto de análisis, discusión y de una larga lista de mitologías. Corrieron los meses y fuimos mudados a un edificio en la colonia Roma, al lado del personal del Festival Internacional Cervantino.
La concordia terminó en los primeros meses de 1991. Alejandro dejó la dirección general, la cual quedó acéfala varios meses, hasta que fue designado el doctor Estrada, a quien no había tratado. En ese tiempo al frente del Festival Internacional de la Raza que se había transferido del Consejo Nacional de Recursos para la Atención de la Juventud (Crea), traté de manera directa con Andrés Valencia, quien era uno de los secretarios ejecutivos del Consejo. El otro era Jorge Ruiz Dueñas.
Llegó el día. Pasado el protocolo en la sede de la presidencia del Conaculta, el doctor Estrada entró a su oficina. Rápidamente nos citó a tres del equipo, a Enrique Velasco (fallecido en 2014), a Raúl Navarro (sigue en la UAM Xochimilco) y a este relator. Al entrar lo vimos sentado sobre el escritorio. Sin rodeos nos pidió la renuncia. Pero…
En mi caso, le notifiqué a Andrés Valencia, ya que la realización del festival tendió un puente de mutuo reconocimiento. “Le diré a Estrada que tú te quedes”. Eso no ocurrió y me sumé al equipo de Valencia. Unos meses después, el físico Sergio Reyes Luján, que era el subsecretario de Ecología en la Secretaría de Desarrollo Urbano y Ecología, me invitó a colaborar en sus tareas. Hasta que llegó abril de 1992.
Por Javier González Rubio, director de Difusión del INBA, quien me encargó editar una publicación, gracias a la sugerencia de nuestro amigo, el periodista Hugo del Río (que murió en 2016) regresé al Conaculta, ya que Rafael Tovar lo designó director general de Comunicación Social. Se conservaba como sede alterna el despacho que ocuparon los subsecretarios de cultura en la Casa del Marqués.
Una tarde fue citado el doctor Estrada y al verme puso cara de What. Le comenté lo que me tenía ahí. Me dio una palmada y siguió de frente. Los encuentros se volvieron cotidianos por ser el director de Prensa y Difusión. Así que nos hicimos buenos compañeros hasta que, al llegar la alternancia con Vicente Fox, me invitó a ser agregado cultural de México en Colombia, en su designación en los asuntos culturales de la cancillería con Jorge G. Castañeda.
De esta manera la afabilidad se extendió para convertirse en amistad. Vinieron distintas convivencias en su casa de Coyoacán, la complicidad con su esposa, la genial Hilda Trujillo y la participación de Gerardo en el libro colectivo que coordiné Diplomacia cultural, la vida, editado por la UANL a finales de 2020.
Este relato nos ofrece un episodio de sus inicios profesionales del cual no se ha hablado en estas semanas, con motivo del homenaje y celebración por sus 80 años y por su más de medio siglo como docente en la UNAM. Es revelador para comprender lo que vendría después y para valorar que su presencia forma parte de una serie de capítulos fundamentales de la política y la gestión cultural de México. Protagonista y testigo de un tránsito cuyo legado va más allá de los ajustes del sistema político, haría mucho bien en dejar en un tomo sus memorias para, justamente, evitar que en las actuales condiciones se aprovechen del olvido, así como conocer de primera mano, lo que sigue siendo secreto a voces.