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El pasado 17 de febrero el funcionario dejó la oficina que ocupaba en las instalaciones de la SEP / Foto: Omar Flores/El Sol de México
Enamorados de sí mismos, hay quienes desde el movimiento de la 4T buscan obsesivamente un cargo. A sus ojos son los únicos capaces, los únicos que entienden esa responsabilidad, son los y las mejor posicionados, el pueblo los quiere y necesita, por lo que esa ambición debe ser satisfecha ya, ahorita; no en tres o seis años.
El berrinche de Marx Arriaga al resistirse a soltar el puesto de encargado de los libros de texto gratuito en la SEP, muestra esa distorsión de la realidad: los libros los hice yo y nadie, ni siquiera el gobierno ni el movimiento al que digo servir, tienen derecho a cambiarles una coma.
Igual Andrea Chávez con la gubernatura de Chihuahua, o Saúl Monreal con la de Zacatecas, o Ruth González, la esposa del gobernador de San Luis Potosí, que los ha llevado a retar incluso al naciente presidencialismo del nuevo partido de Estado. O son ellos o nadie, o son ellos o fracturan el movimiento, o son ellos o se van a donde sí patrocinen sus deseos, aunque haya que hacer después malabares ideológicos para justificar su cambio de principios.
Siempre con la narrativa y coartada mental de que es “por el bien del pueblo”, no de ellos; nadie busca beneficios personales, ni satisfacer egos; no señor. Nadie quiere ser lo que a los ojos de Andrés Manuel López Obrador eran esos “ambiciosos vulgares”, anhelantes del “hueso” por el “hueso” mismo, como sí lo eran los del PRIAN. El movimiento a los ojos del líder estaba lleno de puros, de nuevos perfiles embriagados de intenso amor al pueblo.
Y no. La 4T se nutrió de cuadros de otros partidos que vieron canceladas sus posibilidades allá y turnaron de súbito en morenistas. El pragmatismo en las candidaturas es un común denominador del obradorismo. “Ya cambió; ya se alió al pueblo”, equivalente a “ya lo bendije y purifiqué”, planteaba AMLO cuando llegaban cuadros impresentables de otros partidos, algunos de los cuales en el pasado habían luchado contra él mismo. El chiste era ganar como fuera; ya después se vería lo de la lealtad a los principios.
La historia de México está llena de hombres y mujeres que cambiaron de partido con tal de llegar al cargo. Estos no son los primeros ni serán los últimos. Sí, son, sin embargo, los que prometieron que cambiarían la historia, quienes erradicarían las taras políticas por un sistema de representación más sano, más solidario, menos corrupto.
Morena no puede definirse por estas excepciones pero tampoco puede ignorarlas: cuando la ambición personal empieza a disfrazarse de mandato popular y la permanencia en el puesto se vuelve un fin en sí mismo, el movimiento corre el riesgo de parecerse demasiado a aquello que prometió desterrar. Porque no hay transformación que sobreviva si el poder deja de ser instrumento y se convierte en obsesión.