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Algo común en esta bella época del año es un descenso de la temperatura y con ello comienzan las gripes, pero muchas de ellas se parecen más a una alergia que a una infección, es decir, no ocupan antibiótico, aparte habrá otras que sean virales las cuales tampoco usan ese grupo de medicamentos. Habrá gente que piense, “pero que daño me puede hacer si exijo a mi médico que me indique un antibiótico o consigo una receta para comprarlo al fin ya se cual me hace”, cuando se trata de una dolencia que, por su naturaleza, no puede ser curada por estos fármacos. Es hora de detenernos y reflexionar sobre esta mala práctica, que no sólo resulta inútil para el paciente, sino que alimenta una de las amenazas de salud pública más graves de nuestro tiempo: la resistencia antimicrobiana; donde en un futuro algunos antibióticos no puedan eliminar un grupo de bacterias resistentes.
El problema radica en una confusión fundamental: la diferencia entre un agente viral y uno bacteriano. La gripe, o influenza, es causada por el virus de la influenza. Los antibióticos, como su nombre lo indica, están diseñados para combatir las bacterias. Un antibiótico actúa impidiendo el crecimiento o matando a las bacterias, pero es completamente ineficaz contra un virus, que es simplemente una partícula de material genético que necesita invadir una célula viva para replicarse.
Tomar un antibiótico para la gripe es como intentar apagar un incendio con un destornillador: no sólo no resuelve el problema, sino que desvía recursos y genera efectos secundarios innecesarios. En el mejor de los casos, el paciente simplemente desperdicia una pastilla mientras su sistema inmune lucha contra el virus, un proceso que suele durar entre cinco y siete días y que se alivia con reposo, hidratación y medicamentos que tratan los síntomas como la clorfenamina, loratadina, el paracetamol o el ibuprofeno. Solo en casos específicos de gripe, recetamos un medicamento antiviral.
Pero lo peor no es la ineficacia inmediata, sino el daño colateral que provoca este uso indebido. Al ingerir un antibiótico, éste no sólo ataca a las bacterias malas, sino también a la vasta y vital población de bacterias beneficiosas que habitan en nuestro organismo, como las de la flora intestinal. Este desequilibrio puede provocar efectos secundarios inmediatos, como diarrea, náuseas o erupciones cutáneas.
Sin embargo, el riesgo más grave es una situación de salud pública a nivel mundial. Cada vez que utilizamos un antibiótico para una infección viral, las bacterias que viven en nuestro cuerpo (e incluso aquellas que causan infecciones oportunistas o secundarias) están expuestas al medicamento. En esta exposición, algunas de ellas, por mutación o adaptación natural, pueden desarrollar mecanismos para resistir el efecto del fármaco. A estas las llamamos bacterias “resistentes” o, en casos extremos, “superbacterias”.
El aumento de la resistencia antimicrobiana es una crisis silenciosa, pero devastadora. Si seguimos abusando de los antibióticos, llegará un punto en el que infecciones bacterianas que hoy son fácilmente tratables, como una neumonía, una infección urinaria o una herida, se vuelven intratables. Los tratamientos serán más largos, más caros y, en última instancia, menos efectivos, aumentando la morbilidad y la mortalidad. La Organización Mundial de la Salud ha calificado la resistencia a los antimicrobianos como una de las diez principales amenazas para la salud mundial, por eso no pidamos antibiótico, escuchen a su médico, yo en mi práctica en ocasiones les indico un antibiótico pero le indico que no lo inicie si siente bien con el resto del tratamiento.