La presidenta hace malabares y da manotazos. Es la única forma en que puede seguir sosteniendo cierto discurso, aunque este se desgaste con el paso de las horas, los días y las semanas, pero que a su vez le permite seguir tomando los hilos de su partido y de las instituciones de las cuales es jefa política.
Sheinbaum ha cesado al coordinador de la bancada de su partido en el Senado. No es un movimiento desconocido dentro de Morena: el propio López Obrador, hace exactamente seis años, bajó a Martí Batres de la coordinación de senadores de Morena y encumbró a Ricardo Monreal. Sheinbaum ha quitado a Adán Augusto y ha colocado a Ignacio Mier como el encargado de la coordinación de los morenistas en la Cámara Alta.
De Adán Augusto hay poco que agregar: un impresentable por donde se le vea. Es justo el político que no necesita el país: vieja escuela, ineficiente, irresponsable, con presuntos vínculos con el crimen organizado, y un uso indebido de su posición que no resiste el test de la transformación.
La llegada de Mier es un mensaje fino de la presidenta: no remueve todas las piezas del tablero, sino que deja claro que el anterior coordinador ya no le servía. Ignacio Mier no es persona de todas las confianzas de la presidenta, pero ahora mismo es la mejor salida para quitar a Adán Augusto, que entorpecía todo y que se volvió insostenible después de que su Secretario de Seguridad Pública en Tabasco fuese ligado con el narcotráfico. Mier representa la unión del obradorismo y el claudismo. La presidenta tiene todos los instrumentos para que el poblano sólo obedezca sus órdenes y no haga lo propio con las sugerencias o instrucciones que le envíe López Obrador. Por su parte, Mier sabe que si quiere ser gobernador de Puebla no tiene otra opción que la obediencia absoluta a las órdenes de la presidenta y que debe entregar resultados en las encomiendas que se le indiquen. De otra forma, puede suceder lo que ya aconteció en 2023: que Sheinbaum lo bloquee para ser el candidato a gobernador en Puebla. Nadie logrará la candidatura al gobierno de un estado sin el apoyo de Sheinbaum (o, al menos, sin que retire los vetos que pudiera tener contra sus aspiraciones)
Para los integrantes de Morena es una señal clarísima de que el momento ha cambiado: la corcholata dejó de tener peso. Adán Augusto, el “hermano” de AMLO, ha caído. Quien fuera serio aspirante a lograr la candidatura presidencial, hoy sólo mantiene su escaño en el senado, y eso porque el escándalo fue opacado por los embates de la administración de Donald Trump contra la presidenta y su gobierno. Adán Augusto es un zombie desde hace unos meses y así seguirá. De los cuatro aspirantes que no obtuvieron la candidatura presidencial por Morena en 2023, dos se han desbarrancado a poco más de un año de iniciado el sexenio: solo Monreal y Ebrard siguen jugando en las grandes ligas del movimiento obradorista, y el zacatecano tiene las horas contadas por la naturaleza de su encargo, mientras que Ebrard seguirá siendo utilizado para la presidenta. Para quienes creyeron que Sheinbaum no iba a tomar el control de las instituciones, la señal es prístina: dos de los cuatro patos obradoristas ya no parecen patos, no caminan como patos y ya no graznan como patos. Sheinbaum toma el control y refuerza una idea: en el presidencialismo mexicano, más tarde que temprano, el poder del antecesor se diluye: deja de ser; se esfuma.