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Análisisdomingo, 15 de marzo de 2026

Opinión / Cámaras descompuestas

Una mujer a punto del llanto me pregunta qué es lo que queda del amor cuando un ser durante mucho tiempo amado se va.

-¿Se va a dónde? –pregunté.

-¡Oh! –dijo-. No a otra parte, sino de nuestra vida.

¿Qué es lo que queda? No lo sé. ¿Cómo saberlo? Pero, en todo caso, no todo se pierde, de eso estoy más que seguro.

-Mi marido y yo –dijo la mujer- estuvimos juntos treinta años. Y si agrega usted los tres que duramos de novios, la suma da un total de treinta y tres. ¡Toda una vida a su lado!

-La edad de Cristo –dije-. En efecto, toda una vida. ¿Y por qué se fue?

Yo no estaba nada convencido de que las cosas sucedieran exactamente así, como no creo que la juventud sea omnipotente por el solo hecho de ser joven; así y todo, le pregunté.

-¿Y desde cuándo empezó a salir su marido con esa mujer?

-Desde hace por lo menos año y medio. Se trata de una muchacha mucho más joven que él. Exagerando un poco, tal vez hasta podría ser su hija. Carmen, nuestra hija mayor, es apenas dos años menor que ella…

Me quedé pensativo durante un largo rato. ¿Iría a funcionar esta nueva relación? Yo lo dudaba. Lo dudaba por las mismas razones que ya he puesto por escrito en otro lugar: porque desconfío de los amores que carecen de recuerdos.

Mientras escribo estas líneas pienso en aquella mujer abandonada y lamento no haber podido recitarle de memoria estas palabras del novelista francés. Oírlas le hubiese hecho mucho bien. Lo que le dije, en cambio, fue:

Hasta el momento de nuestra muerte, pertenecemos a aquellos seres a los que hemos amado…

Sobre este momento especialmente doloroso de la vida de Flaubert escribió el erudito argentino Ricardo Saenz Hayes (1888-1976):

Nuestra vida es así. A un cierto punto es como una cámara averiada. ¿Qué le vamos a hacer?

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